Miércoles, 12 Julio 2017 00:00 Columnistas

Epístola a un obstinado

Juan Montaño Escobar

Che: Me recuerdo en este miércoles de cuando, aquel día de 1969, un amigo me alcanzó su diario impreso en una revista de hojas de color marrón sepia, en la portada su retrato icónico hecho por Alberto Korda, en la tarde triste y premonitoria del 5 de marzo de 1960. Era su diario escrito en Bolivia. Muchacho de otras lecturas, me pareció una novela extraña. Años después, unos pocos, volví a leerlo y leí cuanta biografía sobre usted se publicaba, desde las que pretendían el descrédito del mito (en el sentido antropológico) hasta las panegíricas, ambas intenciones me fastidian.

Si los visitantes a esta jam-sessions me preguntarán: “Entonces, ¿qué?”. Tendría que responderles que ahora somos un poco más maduros y ocurrió la posibilidad de leer de las buenas dos mejores, escritas por Paco Ignacio Taibo II y Jon Lee Anderson. Ahí usted es descrito como un humano común y barrial, parecido a un obrero de la Ferroviaria Alta de Quito o un jornalero de Playa de Oro, Esmeraldas. Se dice que le elaboraron una carta astral interpretada al pie de la letra por su madre, doña Celia de la Serna. Sabemos que no nació el 14 de junio sino el 14 de mayo de 1928, porque sus padres temían revelar la calentura de la sangre. Paco Ignacio descubre que usted jamás pudo ser militar de academia, porque en su ánima de guerrero contrapunteaban el poeta, el gestor de empresas, el estratega de oficio y el humano desprevenido en su humanidad.

Haciendo un recuento de su vida, en efecto, usted trabajó con suficiente honradez como para que los afiches que se colgaron y todavía se cuelgan en algún cuartucho de Yakarta (Indonesia), en una casa sindical de Madrid (España) o en la Universidad Central de Ecuador no desmientan esa noble aspiración de nunca mentirnos a nosotros en la intimidad desnuda de la franqueza. Esa sencillez maravillosa que no corrompió la fama. En la guerrilla del Congo, usted era Tatu (tres en swahili) o sea el tercero, después de Víctor Dreke moja (uno) y José Tamayo Martínez mbili (dos).

Una de aquellas tierras del mundo que reclamaba el concurso de sus mejores esfuerzos fue el Congo, pero fracasó en incentivar el triunfo militar para reponer en el lugar de honor el nombre y la estatua de Patricio Lumumba. Usted prefirió culparse del fracaso y no a las complicadas circunstancias culturales. Este año se cumplirán 50 años de su qué (de su muerte dirán) y Jon Lee Anderson escribe sobre su encuentro con cierta ánima venida de la nada en una geografía descrita como “donde las estrellas veteaban de luz en el cielo”, Che Guevara, una vida revolucionaria, Editorial Anagrama 2006, p. 126. A esa alma en pena le confesó: “… moriré sabiendo que mi sacrificio obedece solo a una obstinación que simboliza la civilización podrida que se derrumba…”, Op. Cit., p. 126.

No sabría precisar si en las Américas hay el mismo tono dramático de inicios de los 60 del siglo pasado, pero su “Hasta la victoria siempre” tiene otras vigencias por causas parecidas. (O)

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