Lunes, 14 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

El sueño de la desigualdad

Werner Vásquez Von Schoettler

Si algo caracteriza ideológicamente a la oposición de derecha en Ecuador y en América Latina es su gran sueño de desigualdad. Por principio si se pregunta a cualquier persona, sin importar su origen social, formación o creencias, si cree que la igualdad es un valor importante para el desarrollo de una sociedad, de seguro que responderán que sí. Se asocia la igualdad a una forma primaria de justicia en un mundo con permanentes prácticas de injusticia. Pero resulta paradójico que si una sociedad mejora en sus condiciones de vida, lo que antes era el diferenciador social: económico, cultural, simbólico, estético, etc., de pronto deja de ser lo que diferencia a unos de otros.

La clase media emergente, la clase media tradicional, es el grupo social que más busca diferenciación social. Por un lado, al salir de los sectores pobres, tiene como temor permanente su posible regreso a los mismos, por otro lado, sueña con no solamente permanecer en la clase media, sino con ascender socialmente, llegar a ser como la ‘clase alta’, ser ricos, vivir mejor; diferenciarse de todos los demás que buscan lo mismo. El temor a la clase popular los lleva a buscar en el llamado consumismo la satisfacción de sentirse diferentes, de avanzar en la sociedad.

Pero también, si su ideal es la clase alta, siente una profunda frustración porque las posibilidades de pertenecer a la otra clase son muy escasas; quedando la única opción de imitar. Esa situación de estar en la mitad de entre dos clases sociales más definidas, puede conllevar a un fenómeno extraño de conservadurismo. Si en un principio estos sectores valoran la igualdad de oportunidades, a medida que mejoran sus condiciones de vida, ven en esa misma igualdad, la pérdida real y potencial de la diferencia social. Políticamente el resultado es el cambio de posición, de un cierto progresismo en lo social, a un conservadurismo moral-político. Son sectores que expresan su disgusto por los potenciales nuevos miembros que acceden a la clase media.

De pronto lo que era un valor ético se convierte en un dilema moral, personal, familiar. De pronto eso de ser parecidos, más comunes, más semejantes, puede incomodar socialmente. Un pequeño caso puede ser quienes acceden abruptamente a un sistema de educación gratuito, meritocrático, que abre oportunidades jamás pensadas. El mejoramiento social, de prestigio, no necesariamente puede generar ciudadanos que luchen por las mismas oportunidades para los que aún no lo logran, sino que por el contrario se pueden generar incomodidades porque todos podrían, potencialmente, acceder a los mismos. Si es así ¿en qué queda ese supuesto valor de la diferencia social? Bueno, el resultado es la reversión en los valores éticos. Soñar en la desigualdad. Se sintetiza en algo como: está buena la igualdad pero no tanto.

Ese giro a los valores de la derecha son los riesgos mayores en las nuevas generaciones que han vivido la igualdad de oportunidades. Más aún cuando el mayor bienestar no se ha acompañado, necesariamente, con mayor reflexión política, acción política, más militancia. Este ha sido, quizás, de los mayores riesgos para la izquierda progresista.

Ahora más que nunca requerimos una revolución cultural. Ahora más que nunca los valores del socialismo deben guiarnos para derrotar una vez más al neoliberalismo más burdo, bancario y financiero. La consigna: más socialismo para el porvenir. (O)

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