Jueves, 24 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

El socialismo científico chino

Tatiana Hidrovo Quiñónez

En el corazón de Pekín, el mítico sol de oriente no se alcanza a ver, queda atrapado antes de su cenit por nuevos edificios altos rectilíneos. Si quieres ver el sol de oriente caer, debes ir a un pedazo de viejo barrio chino en busca de siluetas pagodas; o ir a la Ciudad Prohibida, justo a tiempo, antes de que miles allanen el lugar creando una cortina espesa y movediza que impida ver la maravilla de los dorados abigarrados, atrapados en infinitos bajorrelieves de belleza demencial.

En la nueva China, uno de los espacios más preciados, son los museos de maquetas para comunicar dos cosas: cómo funciona algo y cómo se llegará al futuro donde está el desarrollo.

La clase dirigente china concibe el desarrollo como un estadio superior en el que se logra el bienestar social, la sostenibilidad económica ambiental, la armonía y la relación cuasi perfecta entre Estado socialista democrático y sociedad trabajadora libre de corrupción.

Revisada la primera etapa de la revolución popular, movilizada por la idea de lucha de clases (1949-1953), durante la cual se llevó a cabo la gran reforma agraria contra el milenario feudalismo chino, la nueva generación posmaoísta  decidió cerrar el capítulo del ‘Gran salto adelante’, que en su momento puso su énfasis en la industria pesada tradicional, con resultados poco alentadores.

Después de 1976, los nuevos pensadores chinos de la economía política analizaron el mercado. Triangularon principios occidentales marxistas, el confucionismo milenario chino, la ciencia y la tecnología, con la disponibilidad de mano de obra barata y una particular cultura del trabajo basada en principios morales y religiosos.

El mayor desafío de China, cuya población alcanzaría los 1.600 millones en 2050, es mantener la relación de 56 etnias y crear fuentes de trabajo para evitar una ‘implosión’ (Hainan) que podría ser nefasta, no solo para ese país, sino para el mundo.

En la nueva China se ha logrado un crecimiento promedio anual del PIB del 9,7%, desde 1978, cifra impresionante que indica la importancia de las relaciones de ese país con compradores de mercancías y servicios, y vendedores de materia prima y energía, en el contexto del capitalismo global.

La clase dirigente china, organizada en el Partido Comunista Chino, formó especies de claustros para pensar su realidad e identificar el objetivo y la estrategia. Un conjunto de intelectuales ha trabajado desde hace varias décadas en el llamado ‘socialismo científico chino’, que inventó la premisa del ‘mercado socialista’, regulado por el Estado y movido por un desarrollo acelerado basado en la industrialización, urbanización e internacionalización. Esta tesis considera que China se encuentra hoy en la etapa primaria del socialismo, fase a superar camino al desarrollo.

La episteme y clave del fenómeno chino se encuentra, pues, en su idea del tiempo lineal ascendente, que prefigura la necesidad de organizarse armónica y socialmente, bajo el principio de roles, para avanzar constantemente hacia adelante, porque siempre se está en transición.

Un dato suelto y literal: en un aeropuerto chino venden la más exótica aleación gastronómica jamás pensada en Occidente: sandía con mayonesa. Como vemos, China asimila, pero recrea mientras camina impulsada por el imaginario de un largo viaje, con 1.300 millones de seres en su vientre, que a su vez paren otros 18 millones de niños cada año. (O)

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