Columnista invitado

El rifle mata y manda

- 06 de octubre de 2017 - 00:00

En la pantalla del canal aparecía un tal Dom Raso con una t-shirt negra y la inscripción ‘Héroes’. El zócalo indicaba que es un exmiembro de los Navy Seals, la fuerza de élite de la Marina. Antes de rematar con aquello del lugar más seguro para la libertad, Raso hilvanaba palabras como “héroes”, “batallas”, “ejércitos”, “libertad”, “terrorismo”, “sacrificio” y rendía homenaje a las esposas y los hijos de los caídos.

En esa ensalada, los vendedores de armas y los consumidores, incluso individuos nacidos en EE.UU., serían parte de la misma familia. La NRA tiene un mensaje político para todos: quien compra y usa armas está bañado por la santidad de la misma bandera de barras y estrellas que, por ejemplo, Raso. Hay una relación que trasciende las palabras, porque las mismas empresas que lucran con la guerra fuera de EE.UU. ganan con el consumismo armamentista dentro de las fronteras. La bandera es una coartada.   

El 15 de diciembre de 1791, 15 años después de la revolución de independencia de 1776, fue incorporada a la Constitución la Segunda Enmienda, que resguarda “el derecho del pueblo a tener y portar armas”. La base es la necesidad de garantizar “un Estado libre”. El cuarto presidente de EE.UU., James Madison, argumentó que el uso de armas sin restricciones serviría para ejercer el derecho ciudadano a la legítima defensa.  

El objetivo de la NRA es derrotar en cualquier terreno lo que llama histeria antiarmas, como si episodios al estilo Las Vegas fueran un espejismo. Como si el estado de Nevada, donde se ubica Las Vegas, no fuese uno de los más laxos para la compra y posesión de armas. La meta de la NRA está en perfecta sintonía con la política de Donald Trump hacia el interior y hacia el exterior de EE.UU. Trump es el presidente más cercano a la NRA desde Ronald Reagan, que gobernó entre 1981 y 1989. La NRA fue una de las fuerzas que hizo campaña por el magnate inmobiliario y le proveyó dinero. Y hacia afuera, Trump se prepara para facilitar aún más la venta de armas a otros países con el argumento de que así creará nuevos empleos.

La información fue publicada por los periodistas Bryan Bender y Tara Palmeri en el site ‘Político’ el viernes último. El Security Assistance Monitor informa que con Trump las ventas crecieron en un monto de $ 24 mil millones si se compara el período enero-septiembre de 2017 con el período enero-septiembre de 2016, cuando gobernaba Barack Obama. América Latina está dentro del radar: la región, y especialmente México, es el destino del 53% de la venta de pistolas, revólveres y rifles. ‘La compulsión norteamericana por asociar armas con libertad y masculinidad con violencia nos está matando’, tituló el semanario progresista The Nation. La nota de Joan Walsh relaciona esa compulsión con el estilo de ‘amenaza supermacho’ frente a Corea del Norte, que Trump ubicó como un blanco a destruir en su discurso ante la Asamblea General de la ONU.

Sostiene Walsh que entre Trump y Stephen Paddock, el asesino de Las Vegas, “hay una profunda falta de empatía” con otros seres humanos y “una obsesión por desplegar un poder absoluto”. En esa obsesión “la capacidad de ejercer la violencia brutal sería no solo un símbolo de la libertad, sino un prerrequisito de ella”. ¿Un invento de Trump, que en la convención republicana presentó como “un patriota” al director de la NRA Wayne LaPierre? Para nada. “Es el símbolo de un país y un electorado que les dan más valor a las armas que a la vida de los chicos”, escribió Walsh.

La NRA es parte del gobierno en la Casa Blanca. No solo maneja la opción militar para Asia o Venezuela. También mata en Las Vegas. (O)

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