El retorno del FMI a la Argentina

- 23 de septiembre de 2016 - 00:00

Es de lamentar. Un país que se había desendeudado, vuelve al Fondo Monetario. Tras una aparatosa conferencia de empresarios internacionales en Buenos Aires -donde quedó claro que Argentina recibe inversores, pero no inversiones-, llegó a Buenos Aires una delegación especial. Esta no tiene todavía poder prescriptivo, pero ya podemos ir dando por obvias sus ‘sugerencias’ finales: disminución del gasto público, ajuste fiscal, avances contra los derechos laborales (presentados bajo la débil pátina de ‘flexibilización laboral’).

Recordamos en Argentina -y en toda Latinoamérica- el peso de las misiones del FMI. La función de este organismo supuestamente ‘de crédito’, ha sido siempre la de subordinar las políticas nacionales a sus propios dictados, en casi abierta confrontación con la noción de soberanía, y ciertamente la de democracia, ya que nadie votó a los burócratas del FMI para decidir qué hacer con la vida de los ciudadanos.

Nadie los vota, pero igual suelen estar. De la mano de un gobierno pospopular como el de Macri, retornan; y realizan cumplimiento del mito del eterno retorno. Las políticas económicas de la dictadura de Onganía, las que se hizo en la feroz dictadura posterior, las del neoliberal Menem, las del irrelevante De la Rúa, todas apelaron al Fondo Monetario Internacional, y todas fueron monitorizadas -cuando no, de manera indirecta, efectivamente moldeadas- por el organismo que ‘nos beneficia’ con sus créditos.

Ya nos hemos quemado muchas veces los argentinos y latinoamericanos en general, con esta receta. Sin embargo, caemos de nuevo en ella. Es parte del menú diseñado para la región, tipificado en Brasil y Argentina: volver a la primacía abierta del capital y del gran empresariado, en desmedro de todo el resto de los habitantes de cada país.

Poco importa a un gobierno como el macrista que dice perseguir la corrupción, que los últimos jefes del FMI hayan sobrellevado acusaciones judiciales por irregularidades de tipo diverso -en algunos casos escandalosas-, entre las que predominan las de manejo propiamente monetario.

No importa: la corrupción, cuando es de los empresarios y ‘lobbistas’ se hace -mal parafraseando a algún recordado escritor- ‘invisible a los ojos’. Al menos, a los de la coalición político-judicial-mediática que hoy gobierna en Argentina, y que quiere volver atrás el reloj de la historia. (O)