El progresismo continúa

- 03 de abril de 2017 - 00:00

La idea y práctica del progresismo en América Latina tiene un acumulado sin precedentes. Ha sido un salto cualitativo en cuanto proyecto ideológico-político como social-económico. Ha sido la mayor disputa a la hegemonía de la vieja derecha e izquierda clásica, aquella de autorreproducción endémica y encerrada en el modelo de la democracia liberal y del Estado clasista. Las lecciones del progresismo a buena hora superan el momento electoral, que sin duda inciden en él, pero no lo determinan en última instancia. La construcción de un bloque histórico es una disputa permanente en las calles, como en las aulas, como en las mesas de los hogares.

La mayor lección no está en la pérdida o en la ganancia de los procesos electorales, sino en la capacidad de acumulación histórica, de los aprendizajes de las ganancias como de las pérdidas. Más allá de la teoría del péndulo en el caso del progresismo está en su capacidad de innovación, en su capacidad de aprendizaje y de adaptación a los nuevos entornos sistémicos. Eso lo diferencia de la izquierda vieja, anquilosada, infantil, precipitada u oxidada, que ha involucionado estructuralmente, se ha desprendido de sus valores esenciales y ahora parasita a costilla de las fuerzas conservadoras y puritanas de la derecha en todas sus manifestaciones. El progresismo vino para quedarse, no solo como gobiernos, sino como fuerza social-política permanente.

El progresismo tiene mucho que aprender de sus pasos por los gobiernos, como: lidiar con las nuevas formas burocráticas de los millennials, la descentralización del trabajo, la deslocalización financiera, las rupturas en el gusto social. Sin embargo, el progresismo se ha constituido en un pilar con profundo arraigo social. Ha construido un nuevo sistema ético-político que a buena hora no depende de la circulación de funcionarios.

Las microcrisis que ha vivido le han llevado a tensiones internas en su postura de valores. Pero tiene la capacidad de adoptar las posiciones más avanzadas y, claro, convivir con ciertas taras de la vieja moral. Pero en cualquier caso es superior cualitativamente a la vieja izquierda de la cual tomó los grandes referentes revolucionarios del siglo XIX, organizativos del XX, pero fue más allá y se atrevió y se atreve con gusto a disputar lo instituido. Por eso cualquier reduccionismo del progresismo a populismo no es más que una falla analítica de ‘intelectuales’ de palabra ligera y abundante deseo de reconocimiento en pequeños círculos de cultores del elitismo más liberal y caduco. Entre los valores mayores del progresismo está el de quitarse el miedo, tanto a la victoria como a la derrota.

Es una nueva energía social en movimiento y que su tiempo de vitalidad no depende de las organizaciones, aunque las necesita, sino que depende de la satisfacción, de curar las heridas morales latentes dejadas por el neoliberalismo: injusticia, inequidad de oportunidades, racismo, agravio moral. El progresismo tiene la vitalidad de provocar reconocimiento legítimo, superar utopías y construir realidades. No es un proyecto social reducido a elecciones, aunque claramente debe ganarlas, pero no depende para seguir existiendo, porque se ha convertido en un paradigma de la lucha social, de la lucha entre deseo y poder, entre capital y trabajo. (O)