Lunes, 25 Septiembre 2017 00:00 Columnistas

El 'problema' de la verdad en Ecuador

Werner Vásquez Von Schoettler

Cansinos se tornan los casi debates, casi análisis, casi analistas, anticipadores, oráculos, aquellos que dicen: “yo ya lo dije”, “yo ya lo sabía”, etc. Y es la izquierda la que más adolece de esta tara social respecto a la verdad y su capacidad de engendrar poder. La derecha, mientras tanto, goza, usufructuando de las discrepancias, enojos, revanchas: quien es más radical, puro, ideológico; la esencia viva de una revolución o una post revolución, y ya los más de moda: la post verdad. La verdad sea dicha, nada se aclara de esta manera. Si ni la verdad ha sido motivo de discusión o de análisis, tanto en lo académico como en lo público, en los medios cualquiera que estos sean, peor, el estado situacional de la misma en su post. Si ni la verdad ha sido, seriamente, objeto de estudio, qué se puede decir de la facilidad con la que ya se viene utilizando como instrumento mágico la post verdad. Y nuevamente la izquierda en su amplio arco de sentidos es la que, mientras se niega a un análisis estructural de las relaciones de poder, juguetea con las nuevas categorías, de paso que no son tan nuevas. Bueno, ese es el resultado del efecto del purismo ideológico, que parece que todo se encierra en cómo y cuándo se digan las cosas. Mientras la derecha, como le corresponde, coloniza cada espacio que las izquierdas van dejando a medida que su confusión crece. El problema del dogmatismo es que aquel que lo vive es capaz de inmolarse y de inmolar a cada uno de sus adversarios de tendencia. Lo peor es que llegan, incluso, a creer que eso es ser fiel a Marx o a Lenin o Fidel, etc. El problema de la verdad radica en cada entorno de poder, en cada situación de poder que genera sentidos, genera nociones de lo que pasa y de lo que no pasa; y menos pasa cuando se utiliza el discurso economicista para explicarlo todo, para justificarlo todo. Lo maravilloso de lo político y de la política en el mundo moderno es que nada queda, ni nadie queda como verdad eterna. Todo debe ser demolido. Nada debe ser eterno. Lo único perecedero es la lucha social. Y sus sentidos son y deben ser disputados: no con citas de grandes filósofos, sociólogos, literatos, etc., sino que es la condición moral de cada individuo en su colectivo. Por eso los sacudones políticos, casi terremotos, son vitales para la vida humana. Los líderes son vitales en medida en que logren cuestionarse a sí mismos e interpelar a la sociedad que los encumbró. Ahora mismo con todo lo que pasa en el Ecuador, sorprendió no el llamado a consulta popular, sino quienes de entrada se han opuesto a la misma y a la vez se dicen progresistas. Dos semanas después ya no es la consulta sino lo que se consulte; y la gran sorpresa parece es que van descubriendo que nadie, ninguna organización tiene seguro nada. Esa es la gran verdad del cambio de las fuerzas del poder: incertidumbre, la gran maravilla de la máquina política. El gran miedo de ganar todo o perder todo. Ganar las grandes ilusiones o perder la realidad completa. Incluso no saber lo que se podría ganar o lo que se podría perder. No está nada mal una dosis de crudeza política. El mayor riesgo no es ni siquiera el que suba o baje la pobreza, aumente o no el empleo, sino lo que hemos creído que somos como ecuatorianos: el ego como nación. No basta el “acto de fe en la nación pequeña” de Benjamín Carrión.  (O)

 

 

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