El paisaje quiteño (2)

- 29 de Junio de 2017 - 00:00

Tras la conquista española, todo el panorama natural de la región de Quito fue alterado radicalmente. La villa española de San Francisco ocupó progresivamente toda la pequeña hoya de Quito, con un trazado en damero que se extendía de sur a norte entre el Yavirac y la loma de San Juan y de oeste a este entre la loma de El Placer y el Itchimbía. A su vez, la población indígena de la zona capitalina fue obligada a vivir en reducciones o pueblos de indios, cuya función era la de organizar y manejar con facilidad la mano de obra nativa, y conquistar espiritualmente (catequizar) a los nativos. Así surgieron los pueblos de San Blas, San Sebastián, Guápulo, Santa Bárbara y El Belén, ubicados alrededor de la capital.

Todo eso alteró profundamente la vida indígena y sus sistemas productivos. El nativo fue alejado de la proximidad del agua, elemento que le era tan familiar y querido, donde estaban sus cultivos de cereales y hortalizas y sus fuentes de proteínas (peces y aves), y encerrado en pueblos artificiales, distantes de sus cultivos y alejados de su modo de vida tradicional. Es más, el español vio todo eso como un esfuerzo moralizador y civilizatorio, por el que los nativos eran alejados de los “montes, ciénegas y barrancos” que habían tenido por hábitat, para ubicarlos en pueblos de “buena habitación y policía”, donde podían ser fácilmente cristianizados y controlados por la autoridad colonial.

Cosa similar ocurrió en el valle de Los Chillos, donde se establecieron otras reducciones en los antiguos poblados indígenas de Anan Chillo (Chillo Alto) y Urin Chillo (Chillo Bajo), luego llamados Conocoto y Sangolquí. Las órdenes religiosas de Quito se establecieron en la zona para controlar a la población nativa y el valle fue poblado de doctrinas religiosas, a la par que su tierra era repartida en estancias y haciendas, muchas de las cuales pasaron posteriormente a manos de la naciente oligarquía criolla, fuese por mercedes reales o mediante el método de composición de tierras. Similar ocupación se dio en los otros valles de la hoya de Quito. En el caso del valle caliente de Guayllabamba, se formaron las haciendas coloniales de Puruhantag, Doñana, La Victoria, Chaquibamba, San José de Doñana, La Sofía y otras.

Volviendo al tema particular de la ciudad de Quito, cabe agregar que los territorios situados al norte y sur de la villa se convirtieron en ejidos o tierras comunales de la ciudad y la zona ubicada a los lados del río Machángara fue transformada en dehesas o potreros de uso público, siguiendo los mandatos de las Ordenanzas de Poblamiento del rey Felipe II. Más tarde, los ejidos del norte y sur de Quito fueron sometidos a un plan de disecación de sus lagunas y humedales, para aprovecharlos como tierras agrícolas.

Finalmente, ya en el siglo XVIII, las oligarquías formadas alrededor del cabildo de la ciudad se convirtieron en arrendatarias de estos ejidos, primero, y luego en propietarias de los mismos, que se transformaron en haciendas y estancias.

Durante esa inicial etapa colonial, el crecimiento del sistema hacienda a costa de las tierras indígenas de comunidad y la generalización de la mita, el tributo, la evangelización y los pagos eclesiales afectaron a las comunidades indígenas, que terminaron desarticuladas y disgregadas. Y posteriormente se generalizó en toda el área el sistema de peonazgo, que fue predominante desde entonces y hasta comienzos del siglo XX. (O)

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