Jueves, 22 Junio 2017 00:00 Columnistas

El paisaje quiteño (1)

Jorge Núñez Sánchez - Historiador y Escritor

Un inesperado sobrevuelo de Quito y su área próxima me ha permitido ver el sorprendente paisaje actual de la región, marcado por grandes concentraciones humanas en el valle de Quito y sus valles vecinos de la parte oriental y también de la parte norte.

Se ve también una menor, pero ya preocupante, concentración poblacional en el gran valle sureño de Machachi, que anuncia una relativamente cercana expansión de Quito hacia esa zona, hoy todavía ocupada en gran medida por tierras agrícolas y ganaderas, especialmente en su parte sur.

En fin, vemos una buena cantidad de tierras agrícolas en el resto de la hoya, aunque marcadas ya por la presencia de la agricultura intensiva, reflejada en los invernaderos de plástico de la floricultura y la horticultura.

Y como una característica sostenida del paisaje contemporáneo, se ven grandes bosques de eucalipto en las laderas del Pichincha, cada vez más reducidos por una agresiva ocupación humana, y otras manchas boscosas menores, también de eucalipto, en otras zonas de la hoya.

En fin, apreciamos unas cuantas áreas de bosque nativo original, básicamente de chaparros, en las zonas andinas más elevadas y alejadas de las ciudades, y admiramos, como una rareza muy grata, el paisaje del valle de Guayllabamba, cubierto de bosques frutales de aguacate y chirimoya.

Pero el paisaje quiteño fue totalmente distinto en los antiguos tiempos. Y no vamos a remontarnos al pleistoceno, cuando esta región estaba poblada de grandes bosques y de una impresionante megafauna, que incluía mastodontes, sino tan solo a la época de la conquista española.

Entonces, el alargado valle de Quito mostraba un conjunto de grandes lagunas y humedales, que le daban un encanto singular. Al norte se encontraban la laguna de Iñaquito, que ocupaba el actual espacio de La Mariscal, y el mayor lago de Cochapamba, que iba desde el actual parque de La Carolina hasta el antiguo aeropuerto. Al sur estaban la laguna de Turubamba y varias otras menores. Todas esas lagunas eran de origen glaciar, formadas por deshielos que descendían desde el macizo de los Pichinchas.

En ellas existían peces nativos, como las preñadillas, que eran utilizados por los indígenas en su alimentación, y también una variedad de aves locales, como patos, gallaretas, gaviotas, chirlillos, zambullidores y garzas, y de aves migratorias, como gansos salvajes, que llegaban periódicamente a esos humedales.

El cronista Salazar de Villasante escribió que esa era “tierra de gran caza de venados, conejos … hay muchas perdices grandes como gallinas unas, y otras chicas … hay muchas tórtolas y patos de agua y muchas garzas”. A la vez, refiriéndose a la laguna de Añaquito, indicó que a ella “acuden tantos patos bravos y garzas, que cubren el agua y hay poca gente que los caza, que como hay tanto venado más se van a la caza grande”.

Completando ese sorprendente conjunto, tanto al norte como al sur aparecían pequeños poblados indígenas ubicados en las laderas próximas a las lagunas, donde residían quienes cultivaban en camellones, o cazaban y pescaban en esos humedales. Eran gentes pacíficas y trabajadoras, para las cuales el agua no era solo su fuente de sustento, sino también un elemento vital y ceremonial, útil para el aseo personal y también para sus abluciones rituales. (O)

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