Sábado, 15 Abril 2017 00:00 Columnistas

El maestro en la era del cambio

Oswaldo Ávila Figueroa, ex docente universitario

Todavía quedan unos cuantos profesores quejumbrosos, que con su lloriqueo añoran el ocio del pasado, cuatro o cinco horas diarias de trabajo y tres meses de vacaciones, el negocio de las matrículas, la venta de folletos y el acoso en los tres niveles del sistema educativo; mientras las nuevas generaciones  de educadores, en la era del cambio, tras rigurosa selección, exhiben, sentido vocacional, solidaridad, confianza en la juventud y decididas a ampliar su enseñanza, para que el alumno desarrolle la creatividad, conozca el mundo y sus problemas y contribuya a terminar la construcción de un Ecuador próspero, de paz y justicia social.

En el transcurso de la etapa republicana, se ha institucionalizado el Día de la Madre, Padre, Abuela, del Niño, Enfermo, del Amor, del Maestro, etc.; en unos casos, para exaltar la solidaridad y acciones nobles, y en otros, simplemente, aprovechar la apertura de atractivos negocios. El 13 de abril, fecha del natalicio de Juan Montalvo, por decreto se consagró como el Día del Maestro ecuatoriano. Es corto el espacio para cubrir la lista de educadores del pasado comprometidos con su misión, y del presente que los imitaron, pero, también los hay, una minoría de rufianes que ensombrecieron la noble tarea.

El auténtico maestro se entrega por servir con vocación y sentimiento humanitario, muy lejos del exhibicionismo y el ansia de recibir algún galardón. Es un convencido que su paso por el aula de clase, ayuda a fortalecer conocimientos, a enderezar desvíos conductuales de sus alumnos y con ello contribuir en el proceso de cambio por una patria libre de explotadores y explotados.

Hay maestros del pasado que se consagraron en el anonimato, que yacen en el olvido; otros, que siguen en la contienda diaria bregando con el ejemplo por el bienestar de las nuevas generaciones. También, unos pocos, transitan confundidos y enredados en su ardua labor en el aula. No cabe la mínima duda, que siempre ha prevalecido el criterio, que mejorando la enseñanza, un país avanza; porque un pueblo culto, no se deja engañar, rinde  más y contribuye con el progreso de su patria.

La majestad del maestro se la aprecia por el legado de sus enseñanzas y se descarta a los falsos valores que lucen sus nombres en escuelas, colegios e instituciones, por el excepcional desempeño de un importante cargo en el magisterio, a veces, logrado por influencia política o compra del nombramiento. Por suerte, se puso fin a la injerencia partidista en el magisterio y al amañado concurso de méritos. Hoy se vive otra época con nuevas leyes orgánicas de educación diseñadas de acuerdo a la realidad del país. Como estudiante y profesor, recuerdo a abnegados educadores, que irradian en el tiempo, como si fuera hoy, con su luz espiritual y sus mensajes de solidaridad y respeto en el aula y en el medio social. La educación ecuatoriana no sufrió colapso, por el aporte de esos gigantes maestros que cumplieron a cabalidad su misión, enseñar con ejemplo a sus alumnos, orientar por la senda del bien e inculcar la práctica de los valores morales.

El Gobierno de la Revolución Ciudadana avanza, mediante estratégicas acciones, ajustadas a las necesidades del país, incluidas la modernización de la enseñanza, gratuidad para los estudios y nuevas estructuras administrativas. Por fin, todos han comprendido que la educación es índice de progreso y que el maestro de verdad es el soporte que sostiene el sistema. Y no olvidar, que es urgente motivar al joven a participar en el proceso de cambio que se plantea en la sociedad para su total mejoramiento. (O)

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