El jinete sin cabeza del fraude

- 27 de marzo de 2017 - 00:00

Los tiempos que corren son apocalípticos. Dan ganas de creer en esos brujos que anuncian el fin del mundo. Todo es, en apariencia, malévolo y terrorífico. La política, por ejemplo, otrora un espacio de lucha y de creación, de ideología y retos para enfrentar la realidad, hoy se ha convertido en un cuadrilátero de infamias y golpes bajos; en una maratón de disfraces y demagogia.

El nuevo jinete del apocalipsis es el fraude en las elecciones del próximo domingo. La oposición en el Ecuador no tiene imaginación y ha trasformado su fantasma en el fantasma que la ciudadanía debe temer. El guión apocalíptico apunta a personas incautas, carentes del deseo de investigar y analizar y/o gentes aleccionadas para esparcir el rumor y crear desconfianza en el ambiente. Tal es el grado de impotencia en los círculos opositores -de todo color y sabor- que uno de ellos, prevalido de su conocido vandalismo verbal, declara que anunciará los resultados electorales 45 minutos antes del cierre oficial de los escrutinios. Y ni los medios ni los periodistas ni los analistas dicen pío porque están dedicados, a fondo, a otros vandalismos que intentan legitimar la duda en las instituciones que ya no pueden presionar.

Se sabe que hablar de fraude es parte del drama político que inventan los perdedores. La historia muestra docenas de políticos y acólitos que lloran al final del día de las elecciones. El drama es tan repetitivo, como en las telenovelas mexicanas, que la mayoría sabe quién sufrirá, quién es el malo, quién es el pobre, quién es el rico, quién traicionará a quién, quién se casará con quién, quién arruinará el amor o la fortuna. El final, como es obvio, es feliz, porque los televidentes, románticos por inducción, creen que el amor vence todos los obstáculos. Sin embargo, la variante en el melodrama del banquero Lasso y compañía es que el final no será feliz y tal vez informe la segunda (¿o tercera?) parte de su culebrón de codicia y debilidad por el poder (político).

Todo lo anterior se nutre de una arenga de violencia para propiciar el caos el mismo día del sufragio. La oposición está armando una guerra de posiciones y lugares claves que la ciudadanía debería rechazar, pues la democracia no se edifica con ese alarde de seudosabotaje civil. Incluso la más alta cúpula eclesial ha pedido -a todos los ecuatorianos- respetar los resultados de las elecciones.  

Pero la hipótesis del fraude también se alimenta desde medios y espacios virtuales. El simplismo con que algunos dibujan el paisaje es digno de un tratado de fábulas muertas; porque debe ser difícil comprender y sentir que durante 10 años un proyecto político gane, con fuerza, el apoyo popular.

Y no es fácil porque esta campaña y los números parciales de la primera vuelta revelaron que a la revolución ciudadana la respalda el sector más sensible pero duro de la población ecuatoriana: los pobres y la clase media -no viciada del arribismo de contados núcleos urbanos- sienten suyo un proceso de inclusión social y vigencia de lo público.

Esa mayoría dura y buena del Ecuador ratificará el 2 de abril su compromiso con la democracia y la paz y espantará al jinete del fraude opositor. (O)