El imperio contra los fenómenos de la historia

- 04 de junio de 2017 - 00:00

La historiografía ha promovido desde tiempos inmemoriales esquemas, conceptos e itinerarios de los más diversos para interpretar esa materia que se llama historia. Ubicar los hechos, trazar el punto de partida de un proceso y proporcionarle coordenadas a la deriva del devenir. Todo eso nos provee la historiografía para pensar la historia y habilitar los espacios de libertad a la subjetividad, tan necesaria para pensarnos a nosotros mismos como sujetos partícipes y creadores de nuestra propia historia. La hermenéutica, ese terreno fértil donde crecen los jardines de la interpretación y recreación de los hechos, nos posibilita incurrir en este ejercicio intelectual.

En este sentido, dividiremos el desarrollo de la historia latinoamericana en tres etapas. Tres grandes momentos en que se producen los procesos que han marcado o marcan a fuego nuestro derrotero en el tiempo, y que son los siguientes: 1) acontecimiento, 2) fenómeno y 3) corolario. Tomaremos dos situaciones, las cuales no las escogemos al azar, sino que tienen un fundamento empírico y político que explicaremos más adelante. Las situaciones son La Revolución Cubana de 1959 y el referéndum por la reforma constitucional en Venezuela de 1999. Pasemos a la explicación. La Revolución Cubana del 1 de enero de 1959, comandada por Fidel Castro nace como movimiento de insurrección contra la dictadura proimperialista de Fulgencio Batista. He aquí el surgimiento del acontecimiento. Hasta ahí, solo se hablaba de Cuba como un acontecimiento a prestar especial atención, principalmente por su vecino del norte.

Ahora bien, la Revolución Cubana se proyecta como fenómeno cuando pasa de ser un movimiento nacionalista a uno de corte socialista, adoptando el marxismo-leninismo como horizonte teórico, político e ideológico. Se convierte definitivamente en fenómeno cuando constituye esta proyección en articulación, es decir, lleva la revolución al territorio de la praxis política y la saca de sus fronteras; la internacionaliza y hace que otras naciones del continente y el mundo sigan sus pasos. El ejemplo más emblemático de esto en América Latina es Chile con Salvador Allende y la “vía democrática hacia el socialismo”. Un acontecimiento para ser fenómeno debe proyectarse fuera de sí y constituirse en una matriz articuladora. “Crear, dos, tres… muchos acontecimientos es la consigna”, parafraseando a Ernesto ‘Che’ Guevara. Esta es la naturaleza ontológica del fenómeno histórico, el cual lo hace peligroso para el imperio, como quedó demostrado con la doctrina de seguridad nacional y el Plan Cóndor en los años 60 y 70. Con Venezuela ocurre lo mismo. Cuando el comandante Hugo Chávez triunfa en las elecciones presidenciales del 6 de diciembre de 1998, al principio no significó nada fuera de lo normal, tanto para Washington como para la región. Pero el cuadro cambió categóricamente a partir del referéndum constituyente celebrado el 25 de abril de 1999 con el que logra modificar la Constitución de 1961.

Aquí nace el acontecimiento bautizado como Revolución Bolivariana. Pasa a transformarse en fenómeno cuando, al entrar en crisis el neoliberalismo en toda la región, los países comienzan a cambiar el rumbo político y económico, surgiendo así un escenario oportuno donde van emergiendo paulatinamente gobiernos populares y progresistas que en muchos sentidos han tomado como fuente de inspiración al proceso iniciado en Venezuela. Este es el fenómeno al que hoy, muchos están haciendo fuerza para verlo agonizar, derruirse; para que caiga sin contemplaciones y sepultarlo definitivamente, principalmente el imperio. Lo quieren arrastrar de los pelos hacia el tercer y último momento de la historia: el corolario. La etapa en la que vemos como el fenómeno concluye su periplo y comienza a extinguirse en los confines del tiempo.

El corolario es la agonía de los procesos históricos. El duelo de la tragedia. Cuba, hoy, camina entre el fenómeno y el corolario. Nos queda el legado simbólico de una revolución que inspiró a varias generaciones, pero que no tiene la densidad política que supo tener en el siglo pasado. Con esto no estoy diciendo que Cuba esté sepultada en las arenas de la historia. No creo eso. Pero el fenómeno que se impuso en este siglo XXI ha sido otro, atravesado por un nuevo acervo y movilizado desde otra lógica, sedimentada por las condiciones históricas de esta época. Es así como nace este acontecimiento que luego muta en fenómeno, y que, hoy, el imperio y las oligarquías regionales están haciendo todo lo posible para que transite su corolario.

Dice José Martí: “Mas dirán ahora que puesto que Estados Unidos da a Cuba los derechos que pedía, su insurrección no tiene ya razón de existir. No pienso sin amargura en este pobre argumento, y en verdad que [de] la dureza de mis razones habrá de culparse a aquellos que las provocan. Estados Unidos quiere ya hacer bien a Cuba. ¿Qué derecho tiene Estados Unidos para ser benéfica? Y si es para recuperar su honra, ¿qué derecho tiene para hacerse pagar con la libertad de un pueblo, honra que no supo tener a tiempo, beneficios que el pueblo no le pide, porque ha sabido conquistárselos ya? ¿Cómo quiere que se acepte ahora lo que tantas veces no ha sabido dar? ¿Cómo ha de consentir la Revolución Cubana que EE.UU. conceda como dueña de derechos que tanta sangre y tanto duelo ha costado a Cuba defender?”. (O)