Viernes, 02 Junio 2017 00:00 Columnistas

El huésped incómodo

Sebastián Vallejo

Si algo ha logrado hacer Julian Assange es adelantarse a su tiempo. Es, en gran medida, la imagen de un periodismo independiente y radical, descentralizado y digital, un periodismo que no tiene contemplaciones con el poder. O, por lo menos, tiene más espacio de maniobra cuando se trata de enfrentar el poder. Es una de las grandes virtudes de Assange y WikiLeaks: su capacidad de publicar todo aquello que no puede ser publicado en un medio tradicional.

Assange también lleva cinco años de asilado y si bien se ha mantenido más bien al margen de la política nacional, desde las elecciones sus interacciones con Lenín Moreno han sido menos de diálogo y más de medición de fuerzas. Lastimosamente para Moreno, esta batalla es una que no puede ganar. Hay mucho que decir sobre los comentarios que Assange ha vertido sobre la política nacional, pero más que el contenido y la violación o no de su estatus como asilado, lo interesante está en el desafío que esto representa para Moreno. El Presidente, ya en más de una ocasión, ha pedido que Assange “no intervenga en la política ecuatoriana y no intervenga tampoco en la política de países amigos”. Un pedido que parece estar más ligado a cierta reciprocidad o gratitud política, que al derecho.

Pero Assange ha hecho su vida profesional y su imagen a partir de, precisamente, inmiscuirse en los asuntos de política doméstica de países que no son el suyo. Es más, nos parecía bien que lo haga, mientras no fuera contra nosotros. En otra palabras, Assange no tiene por qué guardar ningún tipo de gratitud con el país, cuando su labor, como periodista, siempre ha estado ligada a este tipo de intromisiones incómodas. Algo que sabíamos cuando decidimos darle asilo.

Por otro lado, el costo político para Moreno en está confrontación terminará siendo demasiado costoso. Moreno está todavía buscando la manera de afianzarse en la Presidencia, de posicionar un discurso y un plan político nuevo, y esta muestra de entereza nacionalista golpeará sus aspiraciones a largo plazo. Ya de por sí hay sectores que sugieren que Moreno tome acciones más drásticas contra Assange y comienzan a cuestionar su fortaleza. Lo que Moreno debe entender es que, contra Assange, no es una cuestión de carácter o fortaleza.

Más allá de si el Presidente tiene la razón o no frente a las declaraciones de Assange, Moreno se está metiendo en una confrontación de alto coste político. No solo que está pidiéndole silencio a un ícono internacional del periodismo independiente, a un tipo que se la jugó contra Estados Unidos, a un perseguido político. Sino que está pidiéndole silencio a alguien que está dispuesto, o por lo menos eso quiere mostrar, a perder su condición por revelar la verdad. Cuando Assange dice que, de obtener pruebas de corrupción del Gobierno ecuatoriano las publicará, él sabe que el Gobierno ecuatoriano no puede responder botándolo de la embajada. El nuevo Presidente tiene que cargar con el peso de la corrupción, y este es uno de los costos.

Lo que Assange está haciendo es mantener su imagen. Está recordándole al mundo que no se subordina a nadie, incluso a aquellos poderes que lo están protegiendo. Que él no cree en la gratitud política porque no es político. Es un riesgo, ciertamente, pero un riesgo calculado que está dispuesto a tomar. Más allá de las críticas que se le pueden hacer a Assange y, con él, WikiLeaks, su condición internacional le da una legitimidad contra la cual Moreno no saldrá victorioso. Lo que pudo pasar como un impasse menor está tomando dimensiones que le pueden costar caro a Moreno al final del año. Moreno todavía está a tiempo para evitar un mal mayor. (O)

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