El eterno retorno de la política

- 15 de mayo de 2017 - 00:00

La política, lo que se crea de ella, es motivo de profundas pasiones. Están aquellos que con toda la fuerza de la fe ciega la niegan, aunque se beneficien diariamente de la misma. Tienen una fuerte fijación en detestarla cuando se trata de tomar posición, cualquiera que sea.

Eso de pedir, de requerir una posición, causa angustia, incomodidad, desamparo porque de entrada ya implica cuestionar algo. Desde esa dimensión la política es como el “enfermo mental” de la familia al cual no se lo quiere presentar en sociedad por vergüenza. Por otro lado, pueden estar, aquellos que han encontrado en la política una cierta forma de culto a lo imposible. La política, sus representaciones les cae como un manto, como una aurea diferenciadora.

Devotos y entregados a las misiones imposibles, pero con la condición de obtener una adecuada plusvalía de cualquier tipo. Son aquellos que van pululando por doquier haciendo saber a los que creen que no saben, lo que es la política. Encuentran en la política el rasgo diferenciador; dejar de ser común y corriente y convertirse de alguna manera en los privilegiados de la palabra. También están aquellos cultores de lo político en su forma más abstracta, casi mítica, oculta, de oráculo, silente, que atraviesan los libros, los clásicos, los modernos, los contemporáneos; amantes de todos los tipos de ismos y de post.

Junto a ellos encontramos a los que la política les llegó por “herencia”, por “genética”, por abolengo; que les es como natural hablar de ella, de estar en ella, de vivir de ella.

Son aquellos emparentados con la juridicidad de las leyes, de los tiempos cuando las “cosas se hacían bien”. Aquellos que sabían qué era el país, la patria, la nación, el pueblo, la chusma. Ellos que siempre dicen que hicieron lo que se tenía que hacer, aunque hayan asumido el gran sacrificio de enriquecerse de ella. Pero también están aquellos que “labraron” a punta de papel y tinta el día a día de esa política desde eso llamado Estado. Viejos labradores de trámites, que por poco le estaban haciendo un gran favor al pueblo.

Aquella burocracia silente, la que hacía sentir su micro poder en cada papel membretado; en cada adulo y saludo. Otra cara de la política, fue la de los “históricos” e histéricos dirigentes. Entronados en sus negociaciones, en sus grupos. Grandes declamadores sobre el pueblo y sus trabajadores. Aunque muchas veces no trabajaban.

Los eternos representantes del trabajador organizado. A fuerza de poco esfuerzo modelaron sus figuras, expresando la sobrecarga de la explotación de los otros. Y, por supuesto, están los anónimos, por fuerza o a la fuerza: militantes con o sin partido/movimiento.

Que no le tienen miedo a perder, tampoco a ganar; quienes tienen la vocación y convicción de que son la mitad de la historia y que la otra mitad son los otros. Que llevan por delante el nosotros antes que el yo. Son aquellos que no se atan al “poder”, sino que lo desenredan. Tienen una profunda fe en la razón política y que los principios nunca se negocian, aunque sigamos intoxicados de la vieja política, de los viejos medios, de la vieja cultura política.

Debemos una y otra vez volver a pensar la política. Quien crea que ya se la sabe, ha muerto políticamente. (O)