Viernes, 30 Junio 2017 00:00 Columnistas

El estigma de la Constitución

Sebastián Vallejo

En la letra, Ecuador ha dado zancadas enormes en cuanto a los derechos LGBTI. En menos de veinte años pasamos de penalizar las relaciones homosexuales a reconocer y garantizar los derechos de las relaciones homosexuales a la par de las relaciones heterosexuales. Nuestra Constitución penaliza la discriminación, entre otras cosas, por orientación sexual, y reconoce la diversidad de la familia, rompiendo con el esquema judeocristiano tradicional. Hemos tenido, incluso, una ministra de Salud abierta y valientemente gay. Valiente, porque la letra dice mucho, pero las realidades son otras.

Si bien los espacios donde se habla de los derechos LGBTI y desde donde se lucha activamente por su reconocimiento y ampliación se han multiplicado y visibilizado, esa lucha constante ha tenido como obstáculo una construcción patriarcal de las relaciones de poder que permean el lenguaje, las interacciones, la violencia y, como corolario, la burocracia. Pero que la letra esté ahí, ha permitido que las luchas sean viables. Es por esto que uno de los grandes estigmas que pesarán sobre la Constitución es un anexo de última hora al artículo 68, parte de ese inexplicable llamado a la Iglesia en un proceso harto mundano (por lo cual quiero decir laico). “La adopción corresponderá solo a parejas de distinto sexo”. Y así, con una oración, se cierra una posibilidad que hubiera sido mucho más fácil lucharla desde lo cotidiano que desde lo legislativo.

Quiero dejar clara y abierta mi posición sobre la crianza (y por extensión la adopción) homoparental: no es ni mejor ni peor que cualquier otro tipo de crianza. En otras palabras, el género de los padres no influye en el desarrollo de los hijos. Soy de esos que cree que los roles en la familia son construidos socialmente y como padre que cría a sus hijos mientras mi esposa trabaja, después de seis años de tener los roles invertidos, puedo decir que al final del día los pesares son indistinguibles. La crianza depende del amor, del ejemplo y, por sobre todo, de la paciencia. Y hay muchas composiciones familiares que pueden dar esto. Pero esta es mi opinión.

No está basada ni en ciencia, ni en estudios ni en nada más que mi propia intuición y experiencia. Anderssen et al. (2002), sin embargo, analizaron 23 estudios sobre homoparentalidad, y llegaron a la conclusión de que no existe efecto alguno sobre la crianza de los niños en su comportamiento emocional, su preferencia sexual, sus roles de género, su identidad de género y su adaptación social. En 2013, la Academia Americana de Pediatría apoya la adopción y cuidado de niños de todo tipo de padres, sin importar la orientación sexual, para garantizar beneficios y seguridad para sus hijos. Si fuera poco, en 2014, la Universidad de Melbourne encontró que los hijos de familia homoparentales puntuaron mejor en medidas sobre comportamiento, salud y cohesión familiar que los hijos de familias heteroparentales.

Si no existe efecto alguno de la homoparentalidad sobre la crianza de los hijos, acabamos de quitarle la oportunidad a un niño de criarse fuera de un orfanato. Todo porque somos un Estado laico del siglo pasado. Porque seguimos pensando en la normalidad como aquello que no sale de los cánones de nuestra cotidianidad, que por siglos viene castigando, persiguiendo, menoscabando, a todo aquel que no ama “como Dios manda”, un dios que primero dijo ‘amor’, antes que “la homoparentalidad es mala para la crianza de los niños”. Esperemos que este nuevo gobierno de diálogo, sea más que un diálogo con la oposición. Esperemos que sea un diálogo más amplio, un diálogo que nos lleve a reconocer, por sobre todo, que el género de quien amamos no puede ser considerado limitante para amar a un hijo. (O)

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