Viernes, 03 Marzo 2017 00:00 Columnistas

El estado de Trump

Sebastián Vallejo

Según un reporte del área de inteligencia del Departamento de Seguridad Interna de los Estados Unidos, obtenido por el portal The Intercept, la ira sobre la elección de Donald Trump, reflejada en las protestas en su contra en todo el país, es la fuerza impulsadora detrás de la violencia terrorista doméstica. El reporte se basa en el incremento sustancial de actos criminales y violentos en contra de oficinas de partidos políticos y funcionarios, ocurridos justo antes y después de las elecciones. El reporte no cuantifica el número de ataques, ni tampoco describe ampliamente los casos. Es más, se focaliza mayormente en los ataques en contra de Trump y sus partidarios, que en aquellos realizados en contra de minorías.

Esto va de la mano del enfoque de la administración de Trump, llevada públicamente por el propio Trump, donde todas las protestas en contra del régimen son ilegítimas o llevadas a cabo por manifestantes pagados. En uno de los tuits de Trump se lee: “Acabamos de tener una abierta y exitosa elección presidencial. Ahora manifestantes profesionales, incitados por los medios, están protestando. ¡Muy injusto!”. Esta posición se ha extendido a otros republicanos, que han propuesto en 18 estados proyectos de ley que están enfocados en criminalizar la protesta. Las propuestas incluyen protecciones legales para conductores que atropellan a manifestantes, al igual que la capacidad de poder allanar la propiedad de un manifestante que participó de una protesta pacífica que se vuelve violenta.

Es decir, la legitimación del racismo, la islamofobia, la xenofobia, y, en general, la violencia (porque Trump es un violento, tanto retóricamente como en el efecto de sus políticas), está llevando a encaminar las estructuras establecidas hacia ese propósito. Algo que se vuelve más grave cuando, de manera sistemática, las administraciones anteriores han creado un estado diseñado para vigilar y controlar a ciudadanos propios y extraños. Como lo he mencionado antes, Obama fue parte de una administración que aumentó de manera considerable los sistemas de inteligencia. También las deportaciones. Y para lograrlo, su administración supervisó una considerable expansión del aparato de inteligencia enfocado a los migrantes.

Ahora, ese mismo aparato está en las manos de Trump. La administración de Trump, de la mano de los Servicios especializados en cada rama, ya está poniendo el sistema en acción. La retórica de Trump sobre deportaciones masivas, en contra de las minorías, criticando las protestas, es un mensaje que está volviéndose realidad a través de esas estructuras estatales que fueron tan ampliamente criticadas durante la presidencia de Obama, y que ahora muestran sus consecuencias domésticamente (internacionalmente, los efectos ya han sido mostrados y son devastadores).

No es nada nuevo que la comunidad de Inteligencia y el aparato de supervisión y control del Estado estén condicionados para responder a una política neoliberal y agresiva (con aquellos que deciden desafiarla). Lo que la administración de Trump está haciendo es adaptarla a su nueva realidad. A esa realidad de “hechos alternativos”. No es la primera vez que se hace. Lo mismo pasó en la administración de Bush, antes de la invasión de Irak. Fueron tomando lo que quisieron escuchar, lo que se adaptaba a sus necesidades. Ese modelo de inteligencia politizada llevó a una guerra (una guerra que estuvo basada en motivos ampliamente cuestionables y seguramente ilegales).   

Todo para poner en contexto el peligro que significa Trump. Es ese mecanismo el que se ha utilizado en el pasado, pero es la primera vez que un tipo, con este mensaje, tiene a disposición todas las herramientas necesarias para llevar a cabo su visión violenta del mundo. No muy diferente de los anteriores, ciertamente. Pero mucho más abiertamente violenta. Y eso es peligroso. (O)

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