Lunes, 10 Octubre 2016 00:00 Columnistas

"El discurso oficial"

Werner Vásquez Von Schoettler

Todo dogmatismo por principio atenta a las posibilidades del cambio social. Todo dogmatismo se sostiene en sobreponer las ideas a la materialidad de la lucha social. Todo dogmatismo encierra en sí mismo una incapacidad de comprender la dinámica social y en consecuencia cosificar la realidad en sus formas más perversas. El dogma persigue a las creencias sean de izquierda o derecha. Persigue a quienes buscan consagrar sus opiniones como la voz de las mayorías. La derecha históricamente ha ejercido la práctica de hablar por las mayorías y ejercer el poder para la minoría. Construyeron un discurso sobre la democracia que terminó por someter la voluntad popular a los sistemas institucionales y sus funcionarios; y desde ese lugar de ejercicio del poder lograron derrotar las movilizaciones sociales y consagrar una modernidad capitalista demoledora. Pero lo extraño, si es que se puede decir así, es que, también, junto a esa derecha surgió una izquierda que supo acomodarse a la mecánica del poder y completar el ciclo democrático de los regímenes parlamentarios y presidencialistas. En el caso de América Latina la evidencia es más contundente. La falta de crítica en la propia izquierda ha sido una carga pesada. Basta hoy en día escuchar las opiniones “revolucionarias” de quienes en su momento fueron funcionarios “comprometidos” con las transformaciones, por varios años, y al día siguiente al dejar los cargos, resulta que el gobierno para el cual trabajaron fue el peor. De pronto, de la noche a la mañana, resulta que ha faltado “participación ciudadana”, ha faltado “diálogo social”, ha faltado más organización social, más movimientos sociales. De la noche a la mañana, de pronto, los exfuncionarios han sido los preclaros del proceso y la vanguardia de la “verdadera” revolución. Y lo peor de todo es que ahora son aquellos que condenan cualquier opinión con esa vacuidad de decir que es apoyar el “discurso oficial”. Son esos sectores de izquierda que pueden resultar más preocupantes que los discursos y acciones de la derecha. Bien sabemos la capacidad de fragmentar que tiene la izquierda contra sí misma, y pasa por el hecho de tener una limitación de comprender el rol histórico que cumple la ciudadanía, sobre todo de querer imponer las categorías a la realidad. Es esa vieja tara de la vanguardia; de los preclaros versus la masa emotiva que necesita ser guiada. Si algo caracteriza a la izquierda progresista es que supo, no en la cátedra, ni en los libros, ni en los ensayos, sino en las calles, superar el miedo a gobernar y hacerlo. Pero uno de los mayores peligros ha sido el burocratismo. Esa frontera entre militante y funcionario. Una dialéctica que algunos no han podido superar. Por eso de la noche a la mañana pasaron de funcionarios, tomadores de decisiones, a críticos acérrimos contra lo que ellos mismos planificaron, decidieron e hicieron. Es esa izquierda opositora o ‘crítica’ que no sacan ni cuatro por ciento de los votos por sí mismos. Aquellos que han buscado varias veces ir en paralelo o en contra de la misma organización que los impulsó a gobernar. Que nunca creyeron en una organización colectiva, diversa y unitaria. Es ese dulce encanto de ser siempre puros pero inorgánicos: los antitodo. El Ecuador próximo, de 2017, exige el desafío de asumir los nuevos cambios con unidad, coherencia y lealtad. Algo que algunos jamás entenderán. (O)

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