El castigo supremo

- 28 de febrero de 2017 - 00:00

En el reciente proceso electoral aconteció un fenómeno que solo el supremo juez, el pueblo ecuatoriano, podía ejecutar: castigar a los traidores que renegaron de su supuesta ideología y traicionaron la confianza que, en un momento determinado, se suponía entregarle la posibilidad de llegar a un sitial importante en el proceso de construir una sociedad justa, equitativa y promisoria, para levantar un país en concordancia con las expectativas que la sociedad había imaginado.

Nos referimos al caso concreto de un supuesto líder que se abrió del partido Izquierda Democrática, que lo había impulsado a desempeñar importantes funciones en el estado Ecuatoriano, como la de ejercer la Prefectura de Pichincha, por varias oportunidades.

Es claro que nos referimos al economista Ramiro González, que pretendió reagrupar a las fuerzas populares y sociales que habían militado en el partido fundado por Rodrigo Borja, para impulsar la social democracia, en una versión construida con barro y caña gradúa, como solía decir su principal fundador.

Construyó una nueva fuerza denominada ‘Avanza’, que se suponía podría recuperar a la diezmada militancia del antiguo partido ID, que tuvo su época de gloria en 1988, cuando aglutinamos, además de la presidencia de la República, los restantes poderes del Estado.

González fue designado máxima autoridad del IESS, y después pasó a ocupar el Ministerio de la Producción, desde los cuales emprendió varias políticas que habían sido enunciadas por el presidente Rafael Correa.

Muchos de sus seguidores pensaron que el camino para ocupar otras importantes funciones del actual régimen estaba asegurado, y que por ese rumbo no sería nada raro que, más adelante, le entregaran mayores y más importante responsabilidades.

Parece que el sujeto de marras se obnubiló y creyó que había llegado el momento de lanzarse, por su propia cuenta, para pescar a río revuelto y convertirse en el futuro candidato a la presidencia de la República.

Por lo pronto, ensayó la posibilidad de acceder a la Asamblea Nacional para, desde allí, convertirse en líder de la oposición para reclutar, bajo su tutela, a toda la oposición que se mantenía en pie de lucha para sustituir,  en el momento oportuno, al líder de la Revolución Ciudadana.

Llegó a sentarse en la misma mesa con el mayor enemigo del gobierno actual, que había cosechado el liderazgo de la oposición, Jaime “perimetral” Nebot, superando las diferencias proclamadas contra el dirigente de la extrema derecha.  

Movilizó todos los recursos posibles para reestructurar y aglutinar a quienes habían sido sus compañeros en las épocas precedentes, a los que atraía con la posibilidad de acompañarlo en la tarea de consolidar una nueva fuerza, que lo llevara a la consumación de su proyecto de ocupar la Presidencia la de la República del Ecuador.

Toda esa ilusión se fue a pique porque no contaba este señor con la reacción que el pueblo asume para castigar a los traidores: no pudo siquiera llegar a ser designado Asambleísta, aplicándole una sanción que está prevista para los desertores.
González se enloqueció y pensó que pronto llegaría su momento de gloria y de triunfo: no contó con las lecciones que más de una vez los pueblos aplican a los inconsecuentes y no pudo llegar ni siquiera a culminar este primer acto, gracias al castigo que le propinó el pueblo, para sancionarlo por traidor. (O)

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