Jueves, 23 Marzo 2017 00:00 Columnistas

El azote de El Niño

Jorge Núñez Sánchez - Historiador y Escritor

El clima es un elemento fundamental de nuestra existencia, que en gran medida está marcada por las estaciones y los cambios que ellas traen consigo.

De ahí que un notable historiador francés, Fernand Braudel, llegara a sostener que “las alteraciones climáticas se dejan sentir tanto en las alturas de los árboles como en la carne de los hombres”.

Ahora estamos viviendo otra vez el azote del fenómeno El Niño, que golpea periódicamente a los países situados en el Pacífico suramericano, y en especial a Perú y Ecuador, aunque con frecuencia alcanza también a Colombia y Chile.

Este fenómeno es provocado por el avance de las aguas cálidas de origen ecuatorial hacia el sur de la costa del Pacífico, lo que provoca un calentamiento del mar y el aire y un aumento de la evaporación y las lluvias. Así, una gran nubosidad cubre la región costera y se precipitan fuertes y sostenidas lluvias, que descalabran los taludes naturales y causan su derrumbe, a la par que hacen que los ríos se desborden, inunden las llanuras y arrasen con todo lo que encuentren a su paso.

Los efectos de El Niño se hacen sentir en toda Sudamérica, con mayores lluvias en toda la región central y sur, a la par que sequías en la región Caribe y nevadas sorpresivas y baja de temperaturas en la zona andina. En fin, alcanza también a otras partes del mundo, donde provoca sequías y hambrunas, enfriamiento del mar y fuga de las especies marinas.

Dos de los mayores estudiosos de este fenómeno son los historiadores Lorenzo Huertas Vallejos, peruano, y Anne Marie Hocquenghem, francesa radicada en Perú, ambos buenos amigos míos, que han estudiado los efectos de El Niño a lo largo de la historia. Recogiendo las huellas arqueológicas, Huertas y otros estudiosos han llegado a establecer una larga cronología de este fenómeno y han señalado que él fue el causante de la destrucción de algunas grandes culturas andinas, como las de Tiahuanaco, en la actual Bolivia, y las de Chavín, Naylamp y Lambayeque, en Perú.

Por su parte, Hocquenghem ha establecido que hay ‘Niños’ de diverso carácter y efectos. Muy fuertes, que provocan catástrofes naturales y sociales, aunque traen abundancia de pastos y cosechas de temporal y hacen crecer los bosques secos. Fuertes, que afectan a las ciudades y sistemas de riego y comunicación, aunque traen beneficios como los ya indicados. Moderados, que son los mejores, pues traen beneficios sin causar destrucciones. Débiles, que llegan con poca lluvia y dan malas cosechas. Y muy débiles, que son peores en cuanto a falta de lluvias y dan malas cosechas.

Ello le lleva a concluir que, cuando no hay ‘Niño’, simplemente hay sequía, no hay cosechas, los bosques retroceden y las gentes son amenazadas por el hambre. “De modo que -dice- si consideramos lo anterior, se puede determinar que la verdadera catástrofe es la sequía y no el fenómeno El Niño”.

El fenómeno que vivimos en estos días es uno de los más fuertes de la historia sudamericana, solo comparable a los de 1983 y 1997. Por ello, la pregunta que se impone finalmente es: ¿por qué este año el fenómeno El Niño ha causado tantos destrozos en Perú y tan pocos en Ecuador?

La respuesta es evidente: porque las grandes obras multipropósito construidas por la Revolución Ciudadana han evitado las terribles inundaciones que cabía esperar y su secuela de destrucción de cultivos, inundación de poblaciones y muerte de seres vivos. (O)

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