El abogado del payaso

| 25 de Noviembre de 2016 - 00:00

La semana anterior, Ernesto Huertas Carrillo, Tiko Tiko, inscribió su candidatura por el Distrito 2 Guayas a la Asamblea Nacional, por el partido Socialista Ecuatoriano. No tardó mucho para que las redes ardan. Y ardieron. Huertas salió a defender su candidatura que, en parte, fue opacada cuando el partido Adelante Ecuatoriano Adelante (sic) inscribió a toda una alineación de personajes de farándula (reconocibles como tales porque cada uno viene con su nombre artístico). Está bien que Huertas tenga que defender su candidatura. El escrutinio público es un elemento inherente a la función pública. El problema es que Huertas tuvo que defender su candidatura por condición de payaso, más que por su posición como socialista (de la cual no sabemos, en parte, porque nadie se la ha preguntado) y su propuesta como legislador.

Este es ha sido un tema recurrente en la política nacional. No son los primeros en inscribir personalidad de televisión, o deportistas, o presentadores, o artistas, o periodistas, para puestos en la Asamblea. De ganar, tampoco serían los primeros en hacerlo. Y cada vez que se ponen en listas a estos candidatos, surgen las voces, un conceso bastante general, sobre la pobreza de representantes que tenemos, y las maniobras electorales que se utilizan para captar votos. Si bien es cierto que muchas de estas caras son más mercadeo que ideología y política, hay algo importante que se pierde cuando comenzamos a juzgar a los candidatos por su profesión.

Primero, porque el candidato idóneo puede ser muchas cosas. Y ser abogado, o profesional, no garantiza un buen legislador. El acto de legislar no es un mero acto de procesos legales. Antes de nada, es un acto de empatía. Es un acto desde donde se debe reconocer las necesidades del otro, y que ese otro no es una ficción que vota cada cuatro años, sino un ciudadano, diverso, con preferencias y realidades diversas.

Esa idea de la superioridad ilustrada que imponemos sobre el candidato ideal es la misma lógica detrás de la oposición al sufragio universal de hace un siglo. Ante las críticas normativas sobre la idoneidad de un candidato, siempre termino por pensar dónde vamos a parar. ¿Si criticamos la candidatura de un artista, por qué no criticar la de un chofer, o la de un líder sindical, o la de un arquitecto, o la de un profesor, o la de un bachiller?

Entonces criticamos candidaturas por su condición, más que por lo que proponen. Puede que la mayoría no tengan nada que proponer, pero es un precio bajo a pagar ante la posibilidad de que uno sea capaz de representar a un sector olvidado, o un grupo marginado, o a una política no desarrollada. Ponerlos a todos en el mismo saco también muestra nuestra propia miopía ante las diferentes realidades sociales. La presión debería estar en saber a quién representan y qué representan, pero es la misma presión que deberíamos ejercer sobre el resto de candidatos y que poco que se hace. Decir que no se va a votar por Huertas por ser payaso (¿qué puede saber un payaso (un artista) sobre legislar?), sería como decir que no votaría por Paco Moncayo por ser general (¿qué puede saber un militar sobre gobernar un país?).

No con esto quiero decir que se debe votar por Huertas, “La Roca”, Tábata Gálvez (la actriz), Carlos Vera (el árbitro), o Jorge Rodríguez (el periodista). Lo importante es entender que la capacidad de una persona para gobernar o legislar no puede estar dada por la profesión. Y que puede que, desde las particularidades de cada profesión, se pueda visibilizar y atender realidades antes relegadas.

En todo esto, el movimiento CREO se ha jactado de la “seriedad” de sus listas. “No iremos a la Asamblea a convertirla en un pista de baile, karaoke o un reality”. La gran ironía aquí no es que su candidato presidencial sea bachiller. La gran ironía es que no hay político que haya avanzado más la agenda neoliberal mundial que ellos proponen, que Ronald Reagan. Un actor de cine. (O)