Diez días que estremecieron al mundo

- 12 de abril de 2017 - 00:00

Los años sesenta del siglo pasado fueron buenos para la ilustración de mi generación, porque los adultos no discutían por Twitter, el profesorado escolar y los habitantes de las bibliotecas tenían autoridad profética, las esquinas eran sóviets interculturales y si la muchachada mantenía el respetuoso silencio algo aprendía o se cosechaban de dudas. Correcto, es una arbitrariedad de la nostalgia mal manejada por este jazzman. En 1967, alguien puso en mis manos un libro, en la tapa un dibujo de guardias rojos, fusil en ristre, apresurándose al asalto (¿al Palacio de Invierno?) y este título: Diez días que estremecieron al mundo. Se cumplía medio siglo de aquello que se llamaba ‘Revolución de Octubre’ y el izquierdismo mundial no economizaba elogios y producción literaria.

No es ficción, más bien es una crónica periodística, de John Reed, sobre la toma del poder político por los bolcheviques (en 1917), en la Rusia zarista. Esa primera lectura fracasó y no entendí un carajo. Años después la frustración se convirtió en lecturas repetidas y recomendaciones a quienes mostraban zurda simpatía. Uno es aquello que puede ser, ni más ni menos. Acaso, ¿somos los diálogos esquineros? ¿O las horas de oralidad de abuelas y abuelos? ¿O concretamos nuestras lecturas cumplidas en etapas necesarias? Por años fui devoto de la labia colectiva de aquellos que se detenían a dejar sus productos intelectuales en la sastrería de Clemente Cañola (El Mago), quedaba en una esquina privilegiada de Barrio Caliente. Ahí se escuchó, de viva voz además, a maestros como Nelson Estupiñán Bass, a un jovencísimo Antonio Preciado, picos de oro famosos por sus apodos y más por la verba, respetuosos futbolistas profesionales atendiendo consejos de quienes creían saber más que sus entrenadores y la clase política con la nomenclatura que fuera. Y claro, las lecturas recomendadas.

Es mentira que se lee por placer, se lo hace para encontrar ‘algo’ que importe más que el silencio. Que si los adultos discutían sobre el comunismo ruso, que si la leche en polvo gringa repartida en la escuela debía servir para detener al emblema de la hoz y el martillo, que si en la lista de libros prohibidos por los curas estaba ese de John Reed y que si la explicación sobre los bolcheviques de un tal Lenin te dejaba más dudas que certezas, uno se sentía retado a saber sobre esa conmoción temporal planetaria. Menos mal, no sé quién me recomendó a Antón Chejov, Fiodor Dostoievski y Maxim Gorki.

En este año se cumplen cien años de la Revolución de Octubre (o Rusa) y bien vale leer ese testimonio periodístico de J. Reed, como muestra histórica del mejor periodismo. A inicios de los 80, del siglo pasado, estuve en Leningrado (ahora se llama San Petersburgo), caramba, me encontré con mis lecturas y hasta estuve en un cine que presentaba una película biográfica de F. Dostoievski, al salir busqué a Rodión R. Raskólnikov por esas calles que ya no eran las mismas. (O)