¿Diálogo con condiciones previas?

- 01 de Junio de 2017 - 00:00

La invitación a un gran diálogo nacional hecha por el presidente Lenín Moreno ha sido bien recibida por la mayoría de ciudadanos, que ve en ella no solo un nuevo y fresco estilo de gobierno, sino también una sincera aproximación hacia todas las fuerzas sociales del país, con miras a construir consensos básicos para el futuro.

Y es que el diálogo no es solo un buen mecanismo de acción política, sino una expresión de la esencia misma de la política. Y es que la política es lo opuesto a la fuerza y por eso la democracia es tan diversa a la dictadura, que es la imposición forzosa de una autoridad ilegítima. De ahí que la esencia de la democracia radique en el diálogo, la negociación y la búsqueda de consensos entre las diversas fuerzas sociales y políticas.

En un régimen parlamentario, como el que existe en la mayoría de los países europeos, el diálogo y la negociación son elementos claves para la misma formación de un gobierno, que no puede gobernar sin una mayoría legislativa. De ahí que sean diferentes la figura del Jefe de Estado, electo directamente por los ciudadanos, pero que es una figura casi secundaria, que solo entra en acción ante una crisis política, y la del Jefe de Gobierno, elegido por el parlamento para gobernar el país.

En un régimen presidencialista, como el nuestro, el Presidente de la República es Jefe de Estado y Jefe de Gobierno al mismo tiempo, y administra el país sostenido por la mayoría ciudadana que lo eligió. Si este mandatario cuenta con una mayoría legislativa favorable, bien puede gobernar sin consultar a ninguna otra fuerza política, y, si no la tiene, deberá negociar para alcanzar una mayoría legislativa que le garantice la aprobación de nuevas leyes. Pero la existencia misma de su gobierno no depende de una mayoría parlamentaria, salvo que la oposición sea tan grande y oclusiva que se vea forzado a decretar la ‘muerte cruzada’, disolviendo la Asamblea Nacional y convocando a nuevas elecciones generales.

En el marco político que hemos descrito, que es el que existe constitucionalmente en nuestro país, resalta todavía más la importancia del diálogo convocado por el presidente Moreno, pese a que cuenta con una mayoría legislativa suficiente para aprobar leyes sin apoyo de otros. Se trata de una acción política significativa, que busca sustituir la conflictividad propia de una campaña electoral por un debate amplio sobre los grandes problemas nacionales.

Por eso mismo sorprende la sorda resistencia de algunos sectores de oposición, que, actuando ahora como Cámaras de Producción u organizaciones sociales, han respondido a la invitación presidencial poniendo duras condiciones para el diálogo.

El espacio para sacar esas cartas tiene que ser la misma mesa del diálogo. Para eso han sido invitados a ella: para que expongan sus aspiraciones y escuchen las del nuevo gobierno, como forma de buscar posibles consensos. Pero eso de responder a una amigable invitación mostrando que tienen piedras en la mano, no resulta práctico ni de buena educación política.

Ojalá este no sea un mal indicio. Ojalá esto no signifique que los derrotados siguen en campaña y pretenden boicotear el diálogo o, al menos, aprovechar en su beneficio esa que creen es una muestra de debilidad gubernamental. Ojalá se imponga sobre esos sombríos intereses el peso de la opinión pública, que ve a este diálogo como un buen paso en el largo y esforzado camino de la democracia. (O)

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