Jueves, 03 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

¿De qué cuento vives?

Antonio Quezada Pavón

Era el típico saludo que teníamos en las “galladas” de mi juventud y que en mucho reflejaba el carácter del “chulla quiteño”, personaje originario  del siglo 19, caracterizado por su rapidez, picardía, buen humor y elegancia en el vestir; fue el hombre prototipo de la antigua ciudad de Quito que era muy original, educado, formal, conversador, en cierta forma un iconoclasta y posiblemente un frustrado intelectual a quien el pueblo respaldaba incondicionalmente.  Parecería la descripción de muchos políticos actuales y no necesariamente quiteños.

Fernando Jurado Noboa, siquiatra y genealogista, cree que el “chulla” fue un tipo de antihéroe, pues no se distinguió por sus acciones extraordinarias, sino por su filosofía de existencia, que resumía el sentir de gran parte de una ciudad, pues fue “travieso como un duende, ocultable como él mismo y mago, por su arte fingido, porque cuando quiso violó la ley natural”. Una versión algo moderna del “chulla” aún circula en la capital (y parece que en todo el país) siendo de clase media, cuya camisa lascada tiene solo cuello y puños, con un solo traje y un solo par de zapatos, eso sí, bien lustrados.

Y muy inteligente, pues le gusta permanecer soltero. Vivir del cuento es la forma de vida del “chulla quiteño”. Es una frase que tiene su origen en la Edad Media, cuando los juglares de medio pelo recorrían las ciudades y villas ganándose la vida con las monedas que recibían de los nobles, señores y clérigos (el pueblo bastante tenía con sobrevivir) a los que entretenía contando sus historias, reales o inventadas, mejor si eran jocosas y que hicieran reír al señor de turno, pues cuanto más chistoso e inverosímil fuera el cuento, mayor sería su remuneración. Otra gran coincidencia con nuestros políticos  y su forma de hacer campaña. Solamente que a algunos de nuestros políticos les encanta también vivir sin trabajar, buscando aprovecharse de los demás con engaños y artimañas.

Variaciones de esta forma de vivir se resumen en la expresión “cuento chino” cuando alguien nos cuenta una mentira, como por ejemplo: “voy a reducir y quitar los impuestos” o “voy a promover el emprendimiento un ciento por ciento” y la peor “desmantelaremos todas las leyes de este correísmo”. Y se transforma en “un cuento de nunca acabar” cuando el político nos da su discurso y nunca vemos su final. Los ecuatorianos aprendimos mediante la inmensa migración ecuatoriana de la década pérdida, que es imposible para un ser normal y corriente vivir del cuento; por eso mismo tenemos que ser mucho más exigentes con la gente que quiere ser elegida y representarnos. Sabemos ahora en el Ecuador que conseguir un empleo sin estudios y diplomas es casi imposible. ¿Cómo así elegimos a alguien  que no tiene ninguna preparación? Qué esperamos de ellos, sino que hablen y hablen todo el día, sin que ellos mismos sepan de qué. Y también quieren ser electos aquellos famosillos de poca monta que salen en la televisión contándonos sus intimidades: con quien se acuestan y a quién engañan, sin ningún tipo de escrúpulos, pues son los nuevos juglares que viven del cuento.

Hacer política según Platón es la forma de gobernar a un pueblo a través de la observación de su realidad y la puesta a prueba de cambios y mejoras idealistas y que dicho trabajo debía estar a cargo de los seres más sabios de esa sociedad. Y Aristóteles completaba esta idea proponiendo un enfoque científico de la política, mediante un análisis social que tome en cuenta los elementos psicológicos, culturales y sociales, estableciendo relaciones de causa y efecto; con la necesidad de atenuar la brecha existente entre los más ricos y los más pobres. Y esto mis queridos lectores, no tiene nada que ver con vivir del cuento. (O)

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