Jueves, 04 Mayo 2017 00:00 Columnistas

De política, políticos y politiqueros…

Aminta Buenaño

Se ha dicho muchas veces que la política es el arte de servir al pueblo, de perseguir esa felicidad colectiva demandada en el espíritu de muchas constituciones. Felicidad que imperiosamente buscamos desde la Constitución de la Revolución francesa hasta nuestros días, en la creencia de que, para aspirar a una felicidad personal, debe coexistir una convivencia armónica en la sociedad. El viejo Aristóteles, navegando por los meandros iluminados de su consciencia, proclamaba que el hombre es por naturaleza un animal político y social, y que, por fuera de la sociedad, el hombre es una bestia o un dios. Nunca imaginó el filósofo los tamaños de irracionalidad y absurdos en que puede descarrilarse la política alimentada por la sed de poder y de codicia. La política debería ser bella porque busca la felicidad común. ¿En qué se convirtió en estas últimas elecciones?

Hizo visible la hez y el infierno. Detrás de la política está el poder y la posibilidad de cambiar las cosas, esto atrae tanto a crápulas como a idealistas. La política históricamente ha sido siempre un corral tóxico en donde sucumben los virtuosos y los ingenuos.

La toxicidad de la política llegó a grados alarmantes en las redes sociales, en donde se insultaba, se calumniaba, se agredía sin ninguna responsabilidad. Hace solo unas décadas vivíamos inocentes y felices sin ellas: conversábamos cara a cara, discutíamos. Hoy vivimos un autismo furioso en un aquelarre que asumimos y tragamos sin mayor análisis. Convertidos de pronto en sicarios de tinta, en Torquemada de honras, asesinos digitales sin mayor control ni penitencia. Y sin remordimiento. La gente suele ser crédula, cree todo lo que está escrito. La palabra guarda la sacralidad de un ritual. De esto se aprovechan los mass media, en un país en donde la política se construye a base de rumores y percepciones, para hilar la estrategia fina del desgaste, del malestar. Pero por ello, ¿hay que dejar de hacer política?

Toynbee decía: “El mayor castigo para quienes no se interesen por la política es ser gobernados por personas que sí se interesan”.

Si este es el infierno en donde se cocinan las peores traiciones, dobleces, calumnias; también es la región alada de los sacrificios, de los cambios revolucionarios y del servicio bien entendido.

Ecuador, sin pontificar, ha tenido políticos muy populares, buenos y malos. Tuvo a Eloy Alfaro, que perdió algunas guerras, pero ganó la batalla triunfal de modernizar un país feudal y beato, sucumbiendo bajo las garras de la histeria colectiva de una derecha atroz inconforme con el cambio. A Velasco Ibarra, que con su iluminado dedo ET surgió indemne durante cinco elecciones desde la soledad de un balcón en donde enloquecía a multitudes con su verbo incandescente.

A Roldós, mártir de sus verdugos imperiales. A León Febres-Cordero, terror de sus enemigos y un tiburón en las aguas procelosas de la política. A Bucaram, el ‘loco que ama’, declarado ‘incapaz mental’ por los diputados psiquiatras del Congreso Nacional, luego de 20 años de exilio aterrizará en helicóptero en un suburbio de Guayaquil. Con él tenemos garantizado circo desde los chillidos del: “¡Yo no juiii!”, hasta su verborrea asfixiante. A Mahuad, que arruinó la vida de millones de ecuatorianos. A Nebot, opositor honesto. A Rafael, volcánico y trabajador, reivindicó el sentido primigenio de la política: servir al pueblo y realizó una revolución histórica que el mundo reconoce. A Lenín, primer mandatario del mundo que gobernará desde una inspiradora silla de ruedas con un corazón social perfumado del programa ‘Toda una Vida’, que hará historia.

La política. ¿Decepciones? ¿Ilusiones? Quizá hay que convenir siguiendo a Rousseau que nada es perfecto, que la democracia perfecta solo existe en una sociedad de ángeles. (O)

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