Lunes, 05 Junio 2017 00:00 Columnistas

De estilos, amarillismos y cuatreros del Estado

Carol Murillo Ruiz

Toda comparación es odiosa. No importa si te comparan con un experto en su rama o un tonto de capirote que solo muestra su tonelaje de memoria y hace creer al otro que es instruido pero no erudito. No importa que te comparen con un genio, la verdad es que el fingido cotejo apela al truco de resaltar lo bueno o lo malo a través del código del desprecio implícito más allá de las buenas intenciones del observador o crítico.

La moda actual es medir a Lenín Moreno con Rafael Correa. El estilo, dicen algunos, para salvar los muebles del ultraje. Incluso, ayer domingo, en un diario nacional, había una lista de los ‘ensayos’ de Lenín por ‘cambiar el estilo de gobierno’; es decir, ya pasaron de analizar la personalidad de Lenín a escudriñar las medidas con las que quiere probar su sello propio. En tal operación no hay inocencia. Hay una cruzada para hacer de la comparación casi un ‘género’ periodístico. Podemos hasta diferenciar a Moreno de Correa, pero de ahí a hacer un uso indiscriminado de la comparación para exorcizar el legado del expresidente parece un desquite cuando no una obsesión que intenta
-vanamente- matar un símbolo.

La vía fácil y manida ha sido estos días el tema de la corrupción. La lectura/postura que se está haciendo, para reforzar la creación de una opinión pública -maleable ante abusos y ladrones-, es que el gobierno de Moreno tiene en la corrupción una especie de escalpelo para cortar el velo del pasado reciente y grabar su huella y su ruptura con el correísmo. Lectura peligrosa y ladina; poco política y al extremo moralista. Lectura que confunde los ámbitos de la corrupción estructural que afecta los pisos débiles de toda la institucionalidad -estatal y privada- de la mayoría de países del orbe. Lectura que oculta las sinuosidades del (origen y expansión) del capitalismo viejo y nuevo. Lectura que reduce la acción política a una tesis de voluntad personal.

La corrupción que hoy se está indagando en el país permite revelar, más que nombres de gentes patentemente deshonestas, un microsistema de corrupción -económico y político- tramado por grandes empresas privadas y públicas (internacionales y locales) que no han dejado de ver en el Estado -rico por temporadas- una plaza corruptible, o sea, susceptible de manipular, luego de cometido el robo, con el invariablemente eficaz argumento de la moralidad individual y/o la permisividad de los jefes.

Ergo, la labor periodística y política que da cobertura a la ‘horrenda’ corrupción del ¿monolito? Revolución Ciudadana, peca de un amarillismo muy bien cuidado: centrar en funcionarios y exfuncionarios el delito y dejar de lado las mañas universales de la corrupción; peor aún: hacer creer que la corrupción de hoy es peor que la de ayer en el país. Son tan idiotas que casi llegan a decir: “Ellos son más corruptos que nosotros, por eso hay que castigarlos”.

Me parece que la labor del fiscal Carlos Baca Mancheno apunta bien, a pesar de los malos augurios de los opositores. Pero la corrupción no se va a acabar apresando a los cuatreros del Estado sino saneando ese microsistema de corrupción instalado en las instituciones libertinas, externas e internas, privadas y públicas. (O)

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