Viernes, 30 Septiembre 2016 00:00 Columnistas

Cumbre de países no alineados

Ilitch Verduga Vélez

A fines de la década del cincuenta e inicios de la siguiente, en plena fragor de la Guerra Fría se dio la urgencia de tener voz en el concierto mundial, por parte de aquellos regímenes no involucrados, en el evidente conflicto de los sistemas políticos sociales que disputaban la hegemonía mundial: el socialismo soviético y el capitalismo. La reacción de las naciones pobres y de los que arribaban recién a la independencia, dado el proceso de descolonización que se gestaba en ese lustro, fue génesis de unión de gobiernos neutralistas como respuesta ante las realidades del orden global.

El movimiento de países no alineados, que nació de iniciativas de líderes de ese tiempo: Nheru de la India, Tito de Yugoeslavia, Nasser de Egipto, obviamente, fue medida exitosa frente al actuar bipolar existente entre las grandes potencias victoriosas en la II Guerra Mundial que generaron zonas de influencia en  parte del globo. El esquema de acción supranacional asumió peculiar camino de desarrollo, destacada participación en política exterior. En poco tiempo agrupó a regiones liberadas del colonialismo en África, Asia y América. Creció en número y en influencia internacional, en la ONU y sus organismos. El planeta, por lo menos en esos momentos, debió contar con ellos en sus  pactos.

En la crisis de Cuba -octubre del 62- su actuar fue vital. Mas, esa ruta pródiga no siguió con vigor en los años posteriores. Más de medio siglo después, con la caída de la Unión Soviética y del bloque de las repúblicas socialistas europeas y la consolidación del capitalismo global financiero en la Tierra, la energía del grupo perdió pujanza y liderazgo y es que, a pesar de aglutinar a la tercera parte de la población mundial y tener el 80% de la riqueza hidrocarburífera, además de ser el foro de la especie humana más importante después de la ONU, su progreso se estancó. Los imperios existentes y el mayor de ellos en reinvención permanente se encargaron de procesar conflictos bélicos entre sus miembros, apoyar a malvados y entidades que, desde la periferia ideológica, propiciaron contiendas de toda índole: religiosas, jurisdiccionales, geopolíticas, para engendrar su división.

Y lo lograron. El espacio civilizatorio europeo, sin grandes límites físicos con Asia en lo geográfico, lugar de conflictos, desde siempre y territorio sin riqueza energética, por un lado, y por otro, cuna de ciencia y tecnología. Y, EE.UU., que mueve la actividad económica de la Tierra, teatro de atroces componendas y aunque en sus propias entrañas se concentran fenómenos sociales y de seguridad muy actuales: terrorismo y migración, sus sistemas son encarnizados adversarios del movimiento no alineado. Ni siquiera la contemporaneidad los ha librado de la comisión de hechos agresivos del pasado y el presente en contra de esos pueblos.

Los motivos, desde siglos remotos, vienen de ambiciones de añosos señoríos, y ahora por viles intereses transnacionales, que en necesidad de recursos naturales para fines proditorios generan las peores perversiones. Siendo escenario de graves disonancias geopolíticas, ellos tienen su propia certeza neocolonial. En el Medio Oriente, el esquema militar de la instancia sionista surte autos de fe en contra del pueblo palestino, en oposición al deseo de la comunidad judía. Aunque es un caso simbólico no es el único en que se nutre el ímpetu del despojo colonial. Hay otros: Afganistán, Irak, Libia, Siria, todos ellos miembros del MOAL, destruidos por guerras imperiales.

La semana pasada culminó la XVII Cumbre del Movimiento de Países No Alineados. Escenificada en la isla Margarita, convocó a 120 Estados en la patria de Bolívar, asediada por esos mismos intereses. Luego de la anterior cita de Argelia, la reunión de Venezuela emitió un  documento trascendental, estableció un nuevo rumbo para la entidad que solvente su revitalización, que optimice su accionar y asuma su rol fundamental. Designó a Nicolás Maduro su presidente. (O)

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