¿Cuál es el peligro?

| 28 de Septiembre de 2017 - 00:00

Soy segunda generación de campesinos serranos y primera de obrero industrial petrolero. Mi abuelo fue un agricultor que emigró a la ciudad y mi papá un soldador API de la Shell Oil Co. Me he dedicado a ser administrador profesional, empresario y docente, todo lo cual lo he hecho mediante permanente estudio, gracias a diversas becas que arrancaron desde el colegio y todos los estudios universitarios y académicos. Tengo experiencia, pero no me considero experto en nada, excepto en detectar la incompetencia, pues la he estudiado y observado detenidamente. Y el hecho de que la haya analizado empírica y formalmente es porque la incompetencia existe y está ahí.

En mi niñez, se esperaba muy poco de nuestros líderes y autoridades. Si el Presidente, los alcaldes y diputados no hacían nada que pusiera en dificultades al país o a la ciudad, o mancillara su buen nombre, los habitantes nos sentíamos satisfechos. Es por eso que si un líder destacaba por sus obras, oratoria y trabajo, nos seducía fácilmente y lo queríamos mantener por siempre. Lo cual era un plazo demasiado largo y normalmente los militares se encargaban de acortar su mandato a pedido de los políticos.

Ese fue el caso de José María Velasco Ibarra, que de una manera u otra gobernó al país por más de 40 años. Esto cambió con el crecimiento del país, especialmente por el petróleo, de las ciudades y el florecer del urbanismo. Y aparte de los políticos, nacieron (no sé si es la palabra correcta) los líderes de la industria y el comercio que fueron considerados los nuevos y auténticos héroes. Ellos empezaron a hablar de la ilimitada expansión de los mercados, la explotación de los recursos y la promesa de un nivel de vida en constante aumento.

Y así nos metimos de lleno en un capitalismo neoliberal, en el cual estas premisas eran el fundamento de un sueño nacional. Y era en la gran ciudad donde estaba la acción, donde había una masa laboral, en la que se disponía de agua, energía eléctrica, combustibles, medios de transporte, exenciones tributarias y un mercado para los productos. La industria vino a la ciudad, proliferaron los obreros, aumentó el comercio y la ciudad creció y prosperó, a costa del abandono del campo y la migración. No hay duda que vivir en la ciudad es agradable, pues uno tiene mejores tiendas, teatros, restaurantes, escuelas, colegios, universidades, iglesias y hospitales. Estas ventajas compensan con creces los inconvenientes que depara, como son: crímenes violentos, aglomeraciones, contaminación, molestias burocráticas y embotellamiento de tráfico. Además, la asistencia pública es más fácil de obtener y más sustanciosa en la ciudad.

Pero lamentablemente, el modelo de crecimiento de la gran ciudad es el que moviliza el crecimiento del país y demanda de grandes recursos, lo cual crea inmensos negocios para obtener y explotar dichos recursos y da como consecuencia un caldo de cultivo para que rápidamente se reproduzca el virus de la corrupción, que campea abiertamente en un ambiente de clara incompetencia.

Y es que les hemos encomendado a los zorros el cuidado del gallinero y, efectivamente, recibimos el cacareo, pero no los huevos. Y tardíamente nos hemos dado cuenta de que los incompetentes no fueron los políticos. Los incompetentes hemos sido nosotros, los ciudadanos, pues parece que hemos abierto los ojos y hemos visto que nuestra vida se ha desenvuelto en un ambiente corrompido, asaltado por nocivas dosis diarias de coimas y podredumbre moral urbana. ¿Cuál es el peligro? Que la aflicción de los pobres y los racialmente oprimidos se convierta progresivamente en violencia y crimen. (O)