Miércoles, 20 Septiembre 2017 00:00 Columnistas

Corrupción y otros demonios

Padre Pedro Pierre

Todo este chorro de palabras, escritos e informes en torno a la corrupción me deja en la boca un sabor amargo… Está bien luchar contra la corrupción pero llama la atención que quienes llevan la batuta son los grandes empresarios y medios de comunicación que no se les puede presentar como abanderados de la verdad y la pulcritud. Claro, se nos quiere dar a entender que los gobiernos y los partidos políticos son cuevas de ladrones. ¿Qué pasa con la hipocresía de hacernos creer que los empresarios serían los más aptos y pulcros para llevar adelante los asuntos públicos y el bienestar de la población? Parece que son los ‘pájaros que disparan a las escopetas’.

Parece también que fueran actos patrióticos dignos de alabanza nacional denunciar, comentar, mostrar del dedo, suponer lo peor contra los servidores públicos en general y los responsables de las finanzas públicas… mientras no se quiere reconocer que todos estamos regularmente implicados en actos de corrupción. Nos hacemos jueces íntegros de maldades ajenas… que practicamos sin mucho ruborizarnos. Con tanto hablar de suciedad, ¿no será que queremos tapar el sol con un dedo, manchados por la misma maldad que denunciamos y que bien poco queremos desterrar en nuestra vida propia?

El papa Francisco nos ha recordado que “el diablo entra por el bolsillo” y que “el dinero es el estiércol del mismo diablo”. No hace bien a nadie calumniar, ensuciar, condenar… mientras seguimos mal viviendo y conviviendo, destruyéndonos unos a otros sin piedad. ¿Qué país estamos construyendo o destruyendo? O ¿no queremos reconocer que en estos diez años se ha construido un nuevo Ecuador? Con todas las fallas que ha habido, nunca los ecuatorianos hemos avanzado tanto.

¿Quién quiere echar por la borda todo lo alcanzado? ¿No será que grandes pescadores estarán pescando a río revuelto para acumular ganancias y prebendas de las que han sido limitados en este último decenio? Otros desde la sombra quieren conducir los destinos del país no por el bienestar general ni la promoción del bien común, sino para aparecer como los salvadores enviados por una providencia milagrosa. ¿No será que quieren que sigamos como borregos sus nuevos cantos de sirenas que nos llevan a estrellarnos contra nuestra propia incapacidad a conducirnos como ciudadanos responsables, vecinos honestos y familiares transparentes?

Si no somos capaces de regirnos con los diez mandamientos bíblicos, limitémonos a los tres de origen indígena: “No mentir, no robar y nos ser perezosos”. Es tiempo de presentar un proyecto de país, de vecindad y de familia donde la participación, el servicio y el compartir sean valores seguros más allá de las triquiñuelas que nos desprestigian, nos dividen y nos oponen todos contra todos. Una familia, un barrio, un país se construyen con la colaboración de todos sus miembros. Nos engrandecemos apoyándonos unos a otros, perdonándonos las ofensas y aportando nuestra piedra o piedrita al crecimiento general, porque somos el resultado de nuestros esfuerzos propios y mancomunados. (O)

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