Correa y la gangrena del alma

- 23 de mayo de 2017 - 00:00

Es una rara avis porque rompe las normas de la reprobación social impuestas en ciertas sociedades de recursos escasos: no destacarse, no llamar la atención, ser moderado, timorato, de horizontes limitados, pesimista y mentalmente obstaculizado. Él es todo lo contrario: se destaca, brilla, exterioriza el éxito, es un protagonista impetuoso, de una franqueza lapidaria, no le teme a nada, piensa en grande y no cree en imposibles. Más que un ecuatoriano atípico, es el nuevo que está por nacer o está naciendo, no influido ya por la ética tradicional de ese país de la escasez, sino por influencias ético-políticas y culturales contemporáneas.

Pero, es en este Ecuador en transición, en el que lo viejo convive con lo nuevo, en donde se verifica la ruptura de ese código dominante de ‘buena conducta’. Y no en cualquier hogar, sino en las alturas del poder. Y no de parte de la casta escogida, sino de un integrante de los comunes. Es toda una amenaza al modo de domesticación de la plebe por parte de un plebeyo, frente al cual la oligarquía ha desplegado como respuesta la que siempre se ha aplicado para recuperar el equilibrio en las sociedades precarizadas: la envidia.

No solo es ‘pecado diabólico’, ‘pasión cobarde’ o ‘gangrena del alma’. En el marco de la Revolución Ciudadana se ha transparentado como un dilema cultural, desatando una batalla de lo viejo para restaurar sus mecanismos de control simbólico sobre las masas, llamando a reprobar el mal ejemplo del ‘prepotente’, ‘malcriado’ y ‘tirano’.   

A diario absorbemos su envidia como pesar por sus éxitos, porque, como diría Adam Smith, “ve con maligna ojeriza la superioridad” de un gobierno que realmente merece “toda la superioridad” que ostenta, y ante el cual se sienten como “diez enanitos” frente a “un gigante”.  Como iguales competidores del poder político, envidian su liderazgo que le ha permitido ganar once elecciones, gracias al apoyo de masas a las que despreciativamente llaman ‘borregos’ porque se emanciparon de sus rebaños oligárquicos.

Pero, la constatación de su inferioridad se contradice con su sentido de superioridad, de pertenencia del poder. Por ello le miran como un usurpador. No es sino un indio que trata como indios a su rebaño de indios. “Así es el borrego… Aunque pegue y mate, correísta es”, decían en las redes sociales. Aquí la envidia se funde en el racismo para transformarse en odio irrefrenable, porque mostró al pueblo derechos que siempre pudo haber tenido y que para ellos son las cosas ‘gratis’ a las que “malacostumbró a los borregos vagos”.

El ‘trabajo de la envidia’ ha sido la estrategia de la derecha orientada a destruir a Rafael Correa vía insidia, maledicencia, calumnia y regodeo con sus fallas. Cuando, como descendientes de los arrastradores de Alfaro, han convocado a su arrastre, han emulado la envidia fratricida de Caín. Y con el reciente llamado a una movilización coprófaga, han mostrado cómo el trabajo corrosivo de la envidia les ha vaciado el cerebro convirtiendo a la mierda en su lenguaje. (O)

Lectura estimada:
Contiene: palabras
Visitas:
Enlace corto: