"Continuidad del poder negro" (II)

- 27 de septiembre de 2017 - 00:00

Más de 100 años después todavía los escribidores de historia, una mayoría absoluta, desde sus razones simples y unitarias repiten el mismo análisis historiográfico sobre “los macheteros esmeraldeños cortadores de cabezas”. Las agendas bélicas tenían propósitos parecidos y diferentes. El liberalismo alfarista exigía al gobierno placista volver a los orígenes de una revolución consumida, al parecer, con el cuerpo de su líder más importante. El cimarronismo esmeraldeño su largura reivindicatoria la resumía en dos palabras: “tierra y libertad”. La memoria histórica y colectiva documentaba los inicios promisorios de unas guerras, con las justificaciones de mejorías de derechos, y sus finales inútiles. Hasta el resguardo territorial (la comuna Río Santiago-Cayapas) fue pagado con oro de batea y hasta ese 24 de septiembre de 1913 no había un solo reconocimiento, nada de justicia y desposesión por desarrollo.

Agustín Lao-Montes identifica, con gran acierto, “cuatro ciclos principales de la política negra en el continente americano”, proviene de su Cartografías del campo político afrodescendiente en América Latina, p. 215, documento para la University of Massachusetts at Amherst. Este jazzman, sin pretender enmendarle la plana al hermano Lao-Montes, considera que son las recurrencias del poder político de la negritud americana. El primer ciclo comienza con las rebeliones cimarronas en el siglo XVIII y concluye con la Revolución haitiana. En Ecuador serían los alzamientos en el Valle del Chota y de los mineros en el norte de Esmeraldas, habría concluido el 5 de agosto de 1820. La insurrección septembrina de 1913 y la subsiguiente guerra civil podrían constituir el segundo ciclo.

Los ciclos tercero y cuarto son menos violentos y más de resistencia política con la palabra suelta, hubo héroes, mujeres y hombres, repartidos en el tercer mundo; con el cimarronismo individual, organizacional y comunitario; con la bandera de los derechos humanos como principio básico del activismo social y cultural para comprometer a la diplomacia mundial. La violencia en los dos primeros ciclos causó cambios decisivos en los sistemas racistas de dominación. La guerra civil, en Esmeraldas (1913-1916), supera ese descrédito intelectual conclusivo que solo fueron “unos macheteros sedientos de sangre”. Jean Paul Sartre ahorra líneas con su interpretación de la colonialidad de poderes descrita por Frantz Fanon en Los condenados de la Tierra: “Y el colonizado se cura la neurosis colonial expulsando al colono con las armas”, editado por Kolectivo editorial Último Recurso, p. 16.

La agenda bélica del liberalismo alfarista alcanzó para la proclama de Tachina (27 de septiembre de 1913), después prevaleció la impugnación violenta a ese fortalecido “mundo colonial” por el cimarronismo descolonizador. Y F. Fanon como que hubiera tenido ojos en la nuca: “La descolonización siempre es un fenómeno violento. En cualquier nivel que se la estudie…”. (O)

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