Martes, 20 Septiembre 2016 00:00 Columnistas

Colombia, polarizada por un plebiscito

Gustavo Pérez Ramírez

Con el triunfo del Sí en el plebiscito del próximo 2 de octubre, lo que se espera obtener es la consolidación de la transformación de la guerrilla de las FARC en una organización política, que deja las armas para la implementación de la agenda acordada, lo que en sí es un gran avance, aunque incompleto, pero perfectible. Es un gran triunfo para todos, que nunca más se utilicen armas en la política. A su debido tiempo se tendrá que recurrir a una Constituyente para dar fundamento a la nueva sociedad que se construya, haciendo posible la verdadera paz con justicia social y equidad.

De ahí que estén desenfocadas, si no malintencionadas, las campañas que se adelantan a favor del No, argumentando que quedarían en la impunidad algunos de los peores criminales de la historia. Se olvida, en primer lugar, que  se ha establecido una justicia transicional, que permite actuar responsablemente hacia la paz y que implica castigo para los más responsables, tanto de las guerrillas como de los militares, por sus crímenes de guerra. Asimismo, el acuerdo final del Gobierno y las FARC contempla la creación de la Comisión de la Verdad, que guiará en la reparación de  las víctimas.

Y no puede hablarse solo de las FARC, como si fueran las únicas responsables. Destacamos  que la violencia de Estado fue protagónica a nivel causal, enraizada profundamente desde decenios antes, ha estado incidiendo en el conflicto durante todo el recorrer de los años y estaba presente al otro lado de la puerta que se abrió el 28 de agosto, en espera de que se la solucione (piénsese en la Guajira, en El Chocó, Buenaventura, etc.).   

Es la segunda vez que en Colombia se recurre a la figura jurídica del plebiscito para refrendar acuerdos importantes. La primera vez fue en 1957 que estableció el Frente Nacional, en el que culminó una guerra entre los dos partidos tradicionales, conservador y liberal, y que condujo al reparto por 16 años de la alternancia del Gobierno y consolidación de hegemonías políticas.

El actual plebiscito no tiene nada que ver con el primero, pero puede parecerse, si la paz de la que tanto se habla no es con justicia social. Por lo tanto, deberá conducir a una reorganización del Estado y de la vida política sin exclusiones.

Se requiere, entonces, una campaña trasparente enfocada a lo que el plebiscito pretende lograr, para dar el segundo paso. Que la guerrilla abandone la vía armada y atraviese el umbral de la puerta que se ha abierto para comenzar la construcción de  la paz con justicia social.

A propósito: Para el 26 de septiembre, día en que se firmará la paz en Cartagena de Indias, se está maquillando aún más la ciudad, la del turismo y de las clases pudientes;  la otra, la más populosa, que empieza donde termina el asfalto, sigue olvidada con ínfimas coberturas de acueducto  4% y de alcantarillado 2%, siempre a la espera de soluciones estructurales. ¿Podrían las delegaciones del Gobierno y de las FARC programar un acto en uno de esos barrios, para informar de las soluciones estructurales que conduzcan a la verdadera paz con justicia social? (O)

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