Jueves, 06 Octubre 2016 00:00 Columnistas

Colombia: economía de guerra

Tatiana Hidrovo Quiñónez

El 60 por ciento de los colombianos no asistió a las urnas, despreció el poder del voto y mostró desinterés por el plebiscito en el cual se tenía que ratificar o denegar la propuesta de Acuerdo de paz entre las FARC y el Gobierno. El otro 50.2% se pronunció por el ‘No’. Solo el 49.8% del total de ciudadanos mayores de edad estuvieron a favor del ‘Sí’ y de la posibilidad de construir una nueva etapa para su sufrido país.

El triunfo del ‘No’ revela que el problema de la guerra en Colombia pasa por distintas aristas y entramados muy complejos que deben entenderse desde enfoques históricos, económicos y políticos. Días después de la Independencia, grupos de subalternos integrados sobre todo por mestizos y afrodescendientes, localizados en áreas periféricas de Latinoamérica, tenían en general solo dos opciones: o convertirse en sirvientes sin sueldo o peón concierto, u optar por la libertad pero como sujetos fuera de la ley, engrosando grupos de bandidos armados autónomos, que prestaban ocasionalmente sus servicios a facciones políticas, obedientes a intereses en pugna de la clase dominante.

A pesar de los esfuerzos de los libertadores, poco después de logradas las independencias, las repúblicas hispanoamericanas se convirtieron en Estados oligárquicos que buscaban insertar sus parcelas nacionales al comercio mundial, en el contexto de la expansión del capitalismo industrial. Estos Estados fueron en general contradictorios, porque su clase social dominante unida o fragmentada, no procuró la modernización ni la proletarización de los trabajadores, sino su sometimiento bajo formas precarias, provocando en muchos casos la insurgencia campesina, desatada por la pobreza y la dificultad para articularse a la nueva economía capitalista, basada en la propiedad privada, el consumo y la productividad.

Los Estados oligárquicos desarrollaron los códigos penales como eficaces instrumentos de dominación y persecución. Los campesinos fueron acusados de delincuentes, bandidos, forajidos y vagos, delitos tipificados con los cuales se disfrazaba el propósito de persecución de la fuerza de trabajo escasa, frente a la presión del sistema por incrementar de manera abrupta la producción de materias primas.

El corredor geográfico localizado entre Ecuador y Colombia estuvo agitado por grupos armados a lo largo del siglo XIX. La acción de los coroneles radicales organizó, politizó y dio sentido a la insurgencia campesina que decantó relativamente sus demandas por medio del agitado proceso de la Revolución Liberal que se produjo tardíamente en Ecuador. En la costa los guerrilleros se movilizaron hasta 1916, y luego de su desaparición la lucha tomó la forma de bandidaje localizado sobre todo en Manabí.

Pero la historia de Colombia fue distinta, los liberales radicales perdieron y la derrota se consagró en la llamada Guerra de los Mil días, que derivó además en la secesión de Panamá. Una oligarquía de vieja data y en algunos casos, ultramontana, escribió el destino de Colombia. Los campesinos que quedaron fuera de la ley en el largo tiempo; los desplazados, los sin lugar, los periféricos que no quisieron someterse a la esclavitud y la servidumbre, engrosaron progresivamente distintas fuerzas, fueren paramilitares, de bandidos, narcoguerrillas o los grupos armados de izquierda, que intentaron politizar al pueblo y sumarlo a la causa de la Revolución por la igualdad y la justicia, durante el siglo XX.

Buena parte de los que votaron por el ‘No’, probablemente están adheridos aún a la única esquina que les da el sistema y en el que saben vivir: la economía irregular, que además está incentivada por la misma oligarquía colombiana, que al fin y al cabo vive de ella. (O)

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