Miércoles, 30 Agosto 2017 00:00 Columnistas

Codicia

Fander Falconí

La codicia no es un simple deseo, es un deseo vehemente, es decir, irreflexivo. Si la codicia es indeseable en una persona, es peor en un grupo social. Mientras más poder tiene ese grupo guiado por la codicia, más peligro corre la sociedad entera y hasta el planeta. Porque la codicia no se detiene ante nada, es tan irreflexiva como la ira y es igual de destructiva, o peor si vemos lo que ha causado en la Tierra.  

Hace 400 años, el dramaturgo inglés William Shakespeare escribió El mercader de Venecia, caricaturizando a un usurero de la época. Shylock sufre con la idea de perder una sola moneda y si le toca perder, quiere escarmentar al deudor. Ciertas corporaciones del siglo XXI se comportan como Shylock. La ciencia demuestra que el crecimiento económico no puede continuar, que si no lo detenemos nosotros será la naturaleza la que nos detendrá.

Un capitalismo inconsciente no quiere detener el crecimiento, pase lo que pase. Para ese capitalismo irreflexivo, la codicia es su motor. Tal codicia suele disfrazarse como plusvalía o manifestarse descaradamente como corrupción en desfalcos, peculados y sobornos. Esas formas invisibles de ‘ganancia’ también mueven la economía capitalista. La codicia no se detiene aunque se sacrifiquen vidas humanas o se destruya la naturaleza.

Estas reflexiones me hacía hace pocos días, durante el lanzamiento de mi último libro, Solidaridad sostenible: la codicia es indeseable. Solidaridad es identificarse con los demás, darse a ellos. En cambio, hablar de sostenible, en términos ambientales, es referirse a una sociedad que no hipoteca su futuro, por un presente pródigo. La solidaridad sostenible cuida el presente, porque se identifica con las generaciones que vendrán.  

El cambio climático es un hecho científico que niega el presidente estadounidense Donald Trump, ciertos grupos religiosos extremistas, las empresas petroleras y los modernos Shylocks. El capitalismo ha tocado fondo y debe detener el crecimiento económico o habrá un colapso de la civilización, por no hacer caso a un concepto que surgió en la economía en los años treinta del siglo pasado: hay recursos no renovables. Nuestro libro hasta introduce un concepto nuevo: el del ingreso tóxico: no todo ingreso es positivo, pues puede provocar inequidad social (el 1% de la población tiene lo que el 99% requiere) y destrucción ambiental. Las novedades de otros investigadores son la nueva métrica y los estudios interdisciplinarios para enfrentar el cambio climático. Todo eso lleva a una conclusión: el sistema actual es insostenible.

Pero esta obra no es apocalíptica, ofrece una salida al desastre que se avecina. En realidad, se plantean varias propuestas para mitigar el cambio global y climático, aunque su implementación requiere de un compromiso internacional.  Ante la desesperación que los científicos experimentan, al ver que pocos están asustados por el inminente azote mundial, levantamos la bandera de la esperanza. Todo lo contrario a lo que hacen los modernos Shylocks, los usureros que están hipotecando el futuro, porque su codicia es sin límites. (O)

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