Columnista invitado

Clinton, Trump, el mundo y la rebelión de las masas

- 30 de septiembre de 2016 - 00:00

Llega 1998 y un militar socialista se convierte en presidente de Venezuela, años más tarde un indígena llega por primera vez a la presidencia de Bolivia. Rafael Correa lidera un proceso que entierra políticamente a los partidos tradicionales ecuatorianos en 2006. Claro, no faltaron los incrédulos que se quedaron perplejos sin poder entender a qué hora les hicieron el gol. Tampoco faltaron analistas que le adjudicaron la victoria de movimientos de izquierda al afamado realismo mágico, tan posicionado en América Latina.

Parecería que lo ocurrido con Venezuela, Ecuador, Bolivia y otros países es un hecho aislado, localizado en el sur del continente americano, hasta llegar a 2008. El colapso del sistema financiero en el hemisferio norte motivó al mismísimo Noam Chomsky en 2011 a hablar del declive de Estados Unidos, aunque las fisuras empiezan a revelarse poco tiempo después de 2008. Bancos que quiebran, Estados obligados a fondearlos, hombres y mujeres de todas las edades que pierden sus viviendas y deben abandonar su país para buscar mejores días, sueños rotos y pueblos que protestan. Sí, no es el caso único del Ecuador del año 2000, es la España de 2014, también es el Reino Unido de 2016, sus consecuencias se sienten en Madrid, en la toma de Wall Street en Nueva York, la tendencia estuvo presente en muchos países.

Y no, no solo apareció un Chávez o un Correa. El colapso económico destruye las promesas, las tesis de que la democracia es buena, de que es indispensable, que los partidos políticos garantizan gobernabilidad. Y claro, la respuesta al desencanto trajo propuestas de ruptura con la tradición en España con Pablo Iglesias y su partido Podemos, en Reino Unido se sembró desde hace décadas la semilla antieuropea con el Partido Independentista Británico, situación que desemboca en el famoso Brexit y el éxito de Nigel Farage, a la vez surge como figura política el laborismo tradicional con la propuesta socialista de Jeremy Corbyn. Y hay más, el desencantado pueblo de clase media casi lleva a ganar las primarias del Partido Demócrata de EE.UU. a un socialista; sí, un socialista en la tierra del capitalismo sin seguridad social para todos. Pero en esas tierras, la promesa del modelo acumulador, del sueño americano, permite surgir políticamente al magnate bien comido, a quien representa el ideal de éxito que le habían vendido por siglos. Era más que lógico el aparecimiento de figuras antisistema.

Mientras la política tradicional habla del Estado de derecho, de la separación de poderes y etcétera, los movimientos antisistema le hablan a sus electores y pueblos sobre reivindicaciones, sobre sus derechos, sobre identidades que deben protegerse, sobre sueños que todavía viven. Y no, no se trata de un fenómeno atribuible a la izquierda, a la derecha, al centro, al realismo mágico o al populismo. Parecería un fenómeno atribuible a la necesidad de representación ciudadana causado por la exclusión de las mayorías desde las élites políticas y económicas.

Bajo esta óptica vale la pena observar el lenguaje de Donald Trump en contra de Hillary Clinton durante la campaña política estadounidense. Clinton habla todavía de esas cosas escritas en marciano que no tienen relación con el ciudadano de a pie y Trump va al grano, se conecta con un Homero Simpson sin dinero para llegar al fin de mes, lo entiende, lo consuela e increíblemente le da esperanza, es uno más del montón. Parecería que lo que se cayó no fueron las encuestas, sino todo un sistema político a escala internacional y parecería que Francis Fukuyama nos mintió porque la historia no se ha terminado de escribir. (O)

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Pablo Villalva

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