Cevallos y la política

- 27 de mayo de 2017 - 00:00

Es una complicada línea la que está cruzando José Francisco Cevallos. Barcelona y su historia distan de ser apolíticas. Mientras más se ha mezclado la política con el equipo, peor le ha ido al equipo y a la política. La pregunta verdadera es saber si Cevallos logrará triunfar donde ya muchos han fracasado en el pasado.

Barcelona, como institución, tiene todo a su favor, lo que significa que también lo tiene todo en contra. Es una marca que se estampa en cualquier cosa y esa ‘cualquier cosa’ vende. Levanta pasiones, llena estadios (propios y ajenos), crea expectativa. Si bien ha pasado por sus altibajos institucionales y deportivos, de alguna manera ha logrado mantenerse a flote por la pura fuerza que representa el nombre y el equipo. Lo cual también significa que es codiciado por todo el mundo. Es el trampolín político de dirigentes, la mina de oro de empresarios, el punching bag de rivales. No es de extrañarse las condiciones en las que se encuentra y, más aún, en las que se encontraba el club, tanto en lo financiero, como en lo legal e institucional.  Cevallos por su parte viene como la joya de la corona del fútbol nacional, del gobierno de Correa y del rescate de Barcelona. Ha participado en el más alto nivel deportivo lo cual crea, sin duda, mucha afinidad con el ciudadano que también es hincha. Estando al frente de un ministerio poco contencioso como el Ministerio del Deporte, Cevallos mostró sus cualidades como administrador y, con sus detractores y seguidores, se estableció como más que una leyenda del fútbol nacional, una cara bonita para embellecer la imagen gubernamental y demostró que su elocuencia y liderazgo trascendían el campo de fútbol.

El gran salto sería en la presidencia de Barcelona, donde ha logrado lo que se la ha mostrado esquivo al equipo en la última década: institucionalidad y transparencia. Llegó con su equipo bajo la promesa de disciplina, responsabilidad y austeridad, todo lo cual ha sido cumplido. En términos generales, ha hecho lo que se espera de cualquier dirigente en cualquier cargo: ha moderado los gastos ante la falta de ingresos, ha priorizado el pago de salarios por encima de quién sabe en qué se gastaban la plata antes, ha buscado cancelar las millonarias deudas que tiene el club en lugar de endeudarlo más y ha tratado de transparentar las cuentas pasadas y presentes. Lo deportivo ha llegado por añadidura. El consenso parece ser que Cevallos es un buen administrador, algo que comparto. Pero eso no significa que esa calidad sea suficiente para dar el paso que está dando. Cevallos dijo con anterioridad que no aceptaría el puesto de gobernador (no mientras sea presidente de Barcelona). Él se debe al club, dijo en algún momento. La gente tiene derecho a cambiar de opinión y a ser convencida, así que su decisión no es criticable tanto por eso, sino porque, sin duda, Cevallos sabe en lo que se está metiendo.

Se está metiendo en el pantanoso mundo que mezcla la política con el fútbol. Y a buenas y primeras, no veo muchas experiencias donde esta unión haya finalizado en buenos términos. Porque y así no lo quiera, o así crea que lo logrará superar, está entrando en las redes de dos intereses que movilizan a personas y a sus recursos: el interés político y el interés deportivo.  Dejando de lado la responsabilidad que significa cada cargo (que parecen puestos a tiempo completo los dos) Cevallos tendrá que lidiar en un campo donde los resultados no son buenos. En este punto queda darle el beneficio de la duda y desearle lo mejor. Por él, por la provincia, por Barcelona y, más que nada, por la gente a quien ahora está representando. (O)