Cartografía de un país telúrico

| 16 de Marzo de 2017 - 00:00

“No amo mi patria. / Su fulgor abstracto es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida/ por diez lugares suyos, / ciertas gentes, / puertos, bosques de pinos, fortalezas, / una ciudad deshecha, gris, monstruosa, / varias figuras de su historia / montañas / (y tres o cuatro ríos)”, dice el poema del mexicano José Emilio Pacheco.

En una entrevista el escritor nos da pistas: “Hoy sabemos que todo texto nace de otro texto. Los orígenes de ‘Alta traición’ están por partes iguales en mi experiencia íntima e insustituible (los ‘puertos’ son Veracruz, Coatzacoalcos, Campeche; los ‘bosques de pinos’ los que rodeaban  en mi infancia a la ciudad de México y ahora han desaparecido o se hallan en agonía; las ‘fortalezas’, Chapultepec, San Juan de Ulúa, los baluartes de Campeche; etcétera, y en los poemas que había leído”.

Acaso, el poema que habla de un Ecuador telúrico sea ‘Catedral salvaje’, de César Dávila Andrade: “¡Y vi toda la tierra de Tomebamba, florecida!  / ¡Sibambe, con sus hoces de azufre, cortando antorchas en la altura!... ¿Qué profundos centauros pacen sobre tu corteza embrujada?”.

Y es del ‘Fakir’ también ese vendaval de ‘Boletín y elegía de las mitas’: “Yo soy Juan Atampam, Blas Llaguarcos, Bernabé Ladña, / Nací y agonicé en Chorlaví, Chamanal y Tanlagua, / Si, mucho agonicé / Sudor de sangre tuve en mis venas / Añadí así más dolor y blancura a la cruz que trajeron mis verdugos”.

En el artículo también disponible en la red Cartografía mínima para un país telúrico, de Valeria Guzmán, en Ecuador Infinito, se habla precisamente de los diversos momentos en que los poetas han nombrado al país. Allí está Gonzalo Escudero: “La línea ecuatorial es un columpio / Tejido con estrellas / Para que los volcanes se cuelguen sobre el mundo”.

Y suenan las voces de la negritud, como la de Antonio Preciado: “Junto al mar / Como almohada que le aliviana el cansancio / Reverdece mi tierra / La generosa y ciega / Entre el agua y el mar / Y el agua coloquial de un río manso”.

Los ecuatorianos tenemos el placer de esta otra geografía que se vuelve visible, palpable, audible, que se muerde y huele a través de la palabra, dice la poeta radicada en México y remarca: “Los versos de estos poetas muestran los contornos íntimos de un Ecuador al que nos convoca la subjetividad que transforma el espacio físico en una creación simbólica del espíritu humano y, si cabe, del espíritu ecuatoriano. Eso que está más allá, lo que tanto andaban buscando los primeros cartógrafos separados de la pura representación.

De entre los tantos que en la antigüedad hicieron mapas, un tal Crates, allá por el siglo II a.C., dibujó un orbe esférico y lo dividió en hemisferios. El Ecuador se ubicaría en lo que él llamó “Terra incognita –Antoeci” y creo que en gran parte seguimos siendo esa tierra desconocida.

Al ser ibarreños, es inevitable rememorar el texto de Carlos Suárez Veintimilla: “Tierra mía / la de los días claros de la infancia. / Les dio tu cielo la lección primera / de azul a mis pupilas asombradas, / los primeros anhelos a mis labios / y los primeros sueños a mi alma”. (O)