Viernes, 25 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

Binomios, listas y retroceso

*Fernando Falconí Calles

El Consejo Nacional Electoral (CNE) calificó a ocho binomios presidenciales que participarán en las elecciones del 19 de febrero 2017. El organismo mencionado aprobó también las listas para asambleístas nacionales, asambleístas provinciales y parlamentarios andinos. El total de candidatos para las diferentes dignidades es de 3.793 ciudadanos (as) entre principales y suplentes, de los cuales 16 se han registrado para los binomios presidenciales; 165 para parlamentarios andinos, 450 para asambleístas nacionales, 132 para asambleístas por el exterior y 3.030 para asambleístas provinciales. Conforme a la ley, el CNE anunciará, dentro de los primeros diez días de diciembre 2016, cuántas candidaturas han cumplido los requisitos y quedan registradas en firme. Luego dispondrá al Instituto Geográfico Militar la impresión de las respectivas papeletas.

Para escoger a los candidatos a la Vicepresidencia, en algunos casos, los partidos y movimientos políticos tuvieron problemas muy serios. Muchos querían ser los ungidos; solo uno(a) fue designado(a). Algunos partidos y movimientos identificados como opositores se inventaron convenciones nacionales, asambleas nacionales para justificar lo que dispone el artículo 94 del Código de la Democracia; en la mayoría de los casos lo cierto es que funcionó el ‘dedímetro’ y los resentidos aparecieron en buen número.
Situación parecida se vivió para ‘armar’ las listas de asambleístas nacionales y provinciales. Las disputas fueron intensas; provocaron rupturas públicas. No hubo discreción. A dentelladas también se disputaron el lugar en las listas, porque un tercero o cuarto puesto no garantiza la elección.

Así las cosas, hay un crecimiento del número de candidatos; pero se hace evidente una disminución cualitativa del ejercicio de la política. No se habla de programas, no se habla de soluciones a los problemas nacionales (que los hay); tampoco se habla de una visión integral de país. El lenguaje de los presidenciables de oposición se reduce a lugares comunes como aquello del ‘anticorreísmo’. Aquello de desmontar el ‘régimen autoritario’.

Cuando pensamos en política o en democracia, nos remontamos a los orígenes y miramos hacia Grecia. En efecto, la historia de la Grecia clásica tiene que ver con la tensión que existía entre los trabajadores pobres que iban al teatro a escuchar a Sófocles y los ricos que iban a la misma exposición. Se daba la lucha por ocupar la ciudad. Para los ricos griegos, tener era una virtud. Dejar de tener, un vicio.

Se podría reconstruir buena parte de la historia observando el ir y venir de los pobres para ocupar las ciudades. La democracia se inició en Grecia, pero necesitó muchos años para mejorarla.

En 1848 Napoleón Bonaparte dijo a varios dirigentes europeos: “No tengáis miedo al sufragio universal. Bien manipulados, los pobres votarán por nosotros y, además, estarán más satisfechos. Y si alguno no lo entiende, lo fusilamos”.

Aquí la disputa está, por un lado, entre un proyecto de país que se opone al neoliberalismo y cree en el ser humano por sobre el capital; que cree en un mundo multipolar y prioriza la unidad de los pueblos de América del Sur y el Caribe. Por el otro lado, están aquellos que quieren retornar al modelo neoliberal y que aplicarán -aunque no lo dirán- medidas antipopulares y paquetazos que afectarán a los más necesitados. Esa es la verdad. Lo demás es cuento. (O)

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