Lunes, 25 Septiembre 2017 00:00 Columnistas

Bailar con lo más feo

Carol Murillo Ruiz

A Ecuador le ha tocado bailar con lo más feo. Son horas difíciles. Hay hechos que obligan a detener la mirada y la palabra. Lo humano y lo político son así, por eso la literatura ha hermanado la condición de vivir con la condición de sentir. Y en todos los aspectos de ese vivir y ese sentir se halla el recorrido de los otros, que a ratos dejamos de ver como si en nada se relacionara con nuestros pasos; pero la política ha hermanado la condición de luchar colectivamente.

La política se practica hoy aquí de un modo aberrante y con discursos apestados de una moral fingida, adornada de atavismos, y actuada por seres que insultan el lenguaje -no a otros seres-, todo eso prueba que los albores del debate de las relaciones sociales (antiguas y modernas) era más rico en la base material de hombres y mujeres humildes, es decir, de quienes desde siempre se sacan la madre para conseguir el ave, la fruta, el gusano o el pan. Pues, en la realidad de las angustias y la hiperrealidad que fabrica el poder (derechoso, izquierdoso y mediático) para posicionar mentiras y aspavientos, hay una sola verdad: la clase media imbuida de placeres intelectuales públicos ha llegado a juzgar, a pie juntillas, y lo dice en todas partes, que esos placeres deben ser el orgasmo ético de lo popular.

Vivimos horas feas y si se permite imponer los fines del debate público a un Gobierno y unos ‘seguidores’ que se inspiran en la más escabrosa tradición de cuidar el statu quo a costa de quedar bien con el infierno y el paraíso, se propiciará que el pensamiento se disipe y la aparente coyuntura de unas peleas de arrabal se trague la historia tras bastidores. Entre tanto, los medios, cooptados por la prisa, el amarillismo, el moralismo y el acatamiento a poderes fácticos invisibles pero supervivientes y situados en áreas claves y opuestas a los recambios de hegemonías políticas y económicas, solo sirven para reproducir -dizque- los goces eruditos de los que procesan opinión pública para atribuirla a quienes pueden consumirla sin filtros.

Es completamente falso que el debate actual gire en torno a la ética pública, esa es la gran ficción ideológica mercadeada en la arena nacional para ocultar el interés concreto de evitar que el recambio de grupos económicos se apuntale y que el Estado asuma un rol regulador cabal en las nuevas relaciones de poder.

Cuando escribo que hay que detener la mirada y la palabra, digo también que hay que recapacitar, deliberar, analizar y no lanzar dardos sin ton ni son. Lo que hace el actual Gobierno parece no tener norte ni sur, pero eso no significa que no tenga derroteros, cerebros grises, llenos o vacíos. Hay que dejar de lamentarse y no repetir consignas de perjurio. La connivencia con lo más bastardo del pasado es innegable. Esa es la realidad. (Ya mismo llega el Fondo Monetario Internacional).

Si algo se asimiló en la década pasada es que política es lidiar con la realidad, no negarla, no taparla, no idealizarla. Al país le ha tocado hoy bailar con lo más feo, pues adelante, a bailar, pero por lo menos escojamos la música, purguemos el ambiente. Pensemos. ¿Consulta popular o Asamblea Constituyente? ¡Pensemos, por favor!  (O)

 

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