Aventuras urbanas en el terrorismo

- 23 de Agosto de 2017 - 00:00

La semana anterior fue una semana de atentados. No solamente en Barcelona, sino en otros sitios del planeta ocurrieron hechos sangrientos, con su dolorosa cuota de víctimas y damnificados. A estos sucesos, más allá del dolor por las vidas humanas perdidas y por las graves afectaciones que sufren otras personas, se une un sentimiento de horrorizado estupor, pues no son las fuerzas descontroladas de la naturaleza las que cobran su cuota de destrucción, sino los sentimientos negativos que ensucian el corazón de las personas, con el pretexto que sea.

También entristece profundamente el despliegue mediático que se les brinda a este tipo de hechos cuando ocurren en países del primer mundo, en Europa o Estados Unidos, y lo poco o nada que se los difunde cuando suceden en África o en otras localidades de países pobres o en vías de desarrollo. ¿Cuál es el mensaje? ¿Acaso que unas vidas humanas importan más que otras?

Sin embargo, los atentados de Barcelona, y más la reacción del pueblo catalán, nos conducen a unas reflexiones subsiguientes. Porque después de los atentados, y en medio de la natural conmoción que provocan en la población, allí se hicieron patentes actitudes que tal vez le sirvan de lección al resto de la gente de buena voluntad de todo el planeta.

Está por ejemplo la actitud ante los que pescan a río revuelto: un grupo fascista apoderándose del hecho y de las víctimas y manifestándose en contra de los árabes y los musulmanes y todo el que no fuera europeo, pero frente a esto, aparece la actitud digna de un pueblo que también ha sufrido vejaciones y opresión para impedir que se apropien de su dolor y de su miedo, y rechazar de plano a los manifestantes espurios hasta sacarlos de escena. Eso es dignidad.

Y está, como el oro que brilla en el pantano, la solidaridad, no de una persona, no de un gremio, sino de una ciudad entera: los taxistas prestando servicios gratuitos para recorridos urgentes o simplemente necesitados por las personas afectadas. Los hoteles y los mismos ciudadanos ofreciendo alojamiento sin costo para quienes no podían regresar a su hospedaje.

Los servicios hospitalarios colapsando, no por el número de víctimas, sino por el número de donantes de sangre. Algo rara vez –por no decir nunca– visto. Porque en otras partes –y avergüenza decirlo– se ha sabido de quien se aprovecha de la desgracia para robar a las víctimas, para saquear comercios en medio de la confusión, para estafar a la gente angustiada, o de quien ‘legítimamente’ dispara los precios de cualquier bien o servicio que sabe que en aquel momento se volverá indispensable para muchos… Pero no de tantos gestos nobles y altruistas como la de la gente de Barcelona ante la desgracia de sus conciudadanos y de los turistas afectados.

En medio del giro del mundo hacia una derecha siniestra en todos sus estamentos. En medio de los temores a las avanzadas bélicas o neoliberales inhumanas. En medio del horror del terrorismo, venga de la bandera que venga, la solidaridad que se ha vivido en la Ciudad Condal, esa que se siente cuando se camina por sus calles y se respira su aire, ha hecho que de la tragedia brote una luz de ejemplo, una lección de humanidad y de grandeza que toda la gente de buena voluntad debería recoger y esforzarse por imitar.

Gracias, Barcelona querida, por todo lo que ofreces a quienes te visitan, y por el ejemplo que acabas de dar a la humanidad en una hora tan oscura para ti… y para todos. Siempre gracias. (O)