Aventuras urbanas en el día del paro

| 30 de Agosto de 2017 - 00:00

Tal vez no se trata de echar la culpa a nadie. Así somos. Y así nos va. Desde siempre hemos estado subordinados a la voluntad de quienes nos transportan. Desde la infancia en el barrio quiteño de San Juan, caracterizado por estar en las estribaciones del Pichincha, y por eso mismo, por tener escarpadas bajadas y subidas. Cada cierto tiempo se escuchaba comentar a las vecinas: “A un bus se le han ido los frenos”.

Era la época de lo que se llamaban los ‘paperos’: buses un poco más baratos, en cuya carrocería tenía un papel preponderante la madera recubierta de latas, que se iba deformando por los cambios de temperatura propios del clima quiteño, y en donde, como su nombre indicaba, se trataba a los pasajeros precisamente como si fueran costales de papas. Y también estaban los ‘colectivos’: buses un poco más armaditos, con carrocería de metal, que costaban algunos centavos más y en donde la gente iba con algo más de comodidad. Pero igual se les ‘iban los frenos’ en las cuestas de San Juan y en las de otros sitios de la ciudad. En ocasiones, ese suceso, comentado como cosa normal por las vecinas, cobraba vidas tanto de pasajeros como de transeúntes. El hecho de que periódicamente un bus de servicio urbano perdiera los frenos ya habla bastante del cuidado que les ponían a las unidades sus dueños y conductores. Y tal vez estos últimos no eran precisamente los más responsables, sino, como diría Mario Benedetti, “otros más duros y siniestros”.

Durante bastantes décadas, los transportistas fueron, de alguna forma, los dueños del país. Es difícil saber si hubo excepciones; pero por lo general jamás se ocuparon del bienestar de sus usuarios, ni de quienes caminaban por las calles. Es tan frecuente mirar buses del servicio urbano que, cada vez que cambian de marcha, esparcen larguísimas estelas de un humo negro que nubla la vista e incluso la razón durante varios minutos. La pregunta: ¿cómo pasaron la revisión técnica municipal? ¿Por qué están circulando tranquilamente por la ciudad?

Pero eso no es todo. Ellos son los dueños de las calles: todos los carriles son para su uso exclusivo, pueden violar tranquilamente los límites de velocidad, pues les encanta competir para ver quién levanta más pasajeros o llega antes a una parada o destino. Si alguien pretende cambiar de alguna manera esta dinámica haciendo propuestas como la de ingresar la ganancia de los pasajes en una caja común y repartirla luego entre todos los conductores, en seguida se oponen. Igual se oponen a cualquier cosa que pretenda su mejoramiento profesional o su cambio de actitud. Son los dueños de las calles y de la vida de las personas. Y es en este marco en donde pretenden que se suban 5 centavos al pasaje urbano en la ciudad. Quien ha cruzado la ciudad en un bus del transporte urbano de Quito conoce la zozobra ante el desvergonzado modo de saltarse procedimientos de la elemental conducción de un automotor, así como ante el desconocimiento supino de las normas de tránsito. Sabe también de la falta de higiene en las unidades, y del desastroso gusto musical de los conductores, lo cual, en últimas, sería soportable si las otras deficiencias estuvieran subsanadas.

Lo más triste, después de la negativa del Concejo Municipal a subir los 5 centavos de pasaje, es la actitud de los jerarcas del transporte: la violencia con la que se han ensañado no solamente con la ciudadanía, sino con la gente de buena voluntad (o no tanto, pero algo es algo) que ha salido a suplir la ausencia de vehículos en las calles, haciendo gala de vandalismo y mala fe. (O)