Columnista invitado

Así es el terror

| 19 de Agosto de 2017 - 00:00

El TERROR, sí, con mayúsculas. Ahora y aquí. Porque con minúsculas, por estos lados y desde ya hace tiempo, uno convive con el terror  (el terror de todos los días a que ese sea el día en que toque EL TERROR muy gordo en la loterroría) como si se tratase de un conocido muy pero muy indeseable.  

Así, el terror cuando se espera a un amigo en un aeropuerto (y de repente gritos y alguien pregunta si los gritones tienen turbantes y ametralladoras pero no: son ingleses borrachos rompiéndose jarras de cerveza en las cabezas). El terror cuando uno lleva a su hijo al colegio (y allí comprueba que él y sus amiguitos ya entienden a esta variable del pánico más o menos como generaciones anteriores entendieron a la ‘poliomelitis’ o algo así: como algo para lo que de momento no hay cura y que hace muy mal). El terror cuando se mira esos cruceros mastodónticos perfectos para home-movie catástrofe. El terror cuando se sube al autobús un tipo con mochila y cara de lobo solitario listo para poner a aullar a nosotros los desdibujados corderitos clamando que Allah es grande y que Al-Ándalus es suyo. El terror cuando se repite que la comunidad islámica catalana es la más ‘radical’ y ‘fanatizada’ dentro del estado español.

Y bastó que esta semana, en una de esas tertulias televisivas, apareciera uno de esos conocedores de siempre acerca del todo y la nada asegurando que “no hay posibilidad de atentado terrorista inminente”, para que a uno le corra un escalofrío por la espalda y el pecho y la cabeza. Porque uno es supersticioso y escucha a ese y piensa eso de mejor no hablar/tentar de/a ciertas cosas y... ...llegó EL TERROR que se veía venir.      

Cada vez más cerca desde hace años en que se supo por aquí  pasaron los pilotos locos del 9/11. O desde los trenes de Atocha. O, más próximo aún, desde que se informó que se habían desactivado planes de big bangs a último momento en Plaza Catalunya y centros comerciales. O desde lo de Niza y Berlín y Londres y Estocolmo y Londres y Levallois-Perret y Londres y de que a partir de entonces uno no pudiese evitar cruzar La Rambla de Barcelona como si se tratara de una pista de bowling. Y le recomendara a los amigos de visita (saludos) que se anden con cuidadito por ahí, por favor, ¿sí?, porque nada te va a ayudar cuando pienses demasiado tarde en que “esto es un atropello” (y, ay, uno de los inequívocos e inconfundibles síntomas de EL TERROR es el ponerte a hacer chistes muy malos como mecanismo de indefensa defensa). Y desde que –hace apenas unas horas– uno mismo haya caminado por ahí nomás mirando a izquierda y derecha y adelante y atrás y arriba y abajo.

Quien firma estas líneas recorre una cuadras y la gente camina abanicándose, algunos corren como el viento, muchos siguen mirando los escaparates de las tiendas-top de Paseo de Gracia mientras pasan patrulleros y ambulancias y autobuses turísticos vacíos. Y en el cielo un helicóptero parece detenido y como pintado en el aire ardiente de un agosto que, de golpe, es más caliente de lo que era. Y se avisa de suspensión de trasnochantes fiestas barriales-estivales, pero nadie va a dormir mejor porque el ruido y la procesión van por dentro y abundarán las pesadillas con despiertas células cancerosas.

Y, con náuseas, uno se sube en el ferrocarril de regreso a su casa. Y ahí, en el vagón, todos mirando sus pantallitas y parloteando solos. Y uno pregunta aquí y allá, a los pasajeros, qué se sabe de nuevo y nadie contesta porque están muy ocupados tecleando mensajes. Ahora, las malas noticias vuelan y viajan cada vez más rápido. Así que el desafío pasa por llegar primero a todas partes.

Ahora, de regreso a casa, la televisión encendida y todos hablando al mismo tiempo y, por un rato, dejando de lado el tema de la turismofobia, del dracarys, del referéndum independentista, del Barça y del Real Madrid. Se imponen las cosas serias con rostro adusto y tono solemne y, sí, falta menos para que unos y otros comiencen los preliminares de echarse la culpa y de hacer cálculo en la disminución del número de visitantes a la Perla del Mediterráneo. Mientras tanto y hasta entonces las autoridades han pedido/rogado/implorado/suplicado, en vano, a la ciudadanía toda que –mal signo de los tiempos– por favor, no suban a la red fotos y filmaciones de cuerpos tirados y de sangre derramada, ¿sí? Y sugieren que mejor quedarse en casa. Y con la puerta cerrada con llave, lo de siempre, lo de ya es costumbre en emisiones especiales de noticieros interminables: marca de furgonetas; apellido de yidahista y además violento de género (¿Soprano? ¡Por fin agarraron a uno vivo!) que venía siendo vigilado de cerca pero...; rehenes en restaurante turco de nombre Luna de Estambul (o no); gabinete de crisis (Rajoy viene desde Galicia a marcha rápida); a donar sangre (y, nada es casual, cómo cuesta y siempre traba lengua a los políticos el pronunciar la palabra solidaridad, ¿no?); condena de la Casa Real; tweet freak porcino de Trump; convocatoria de atronador minuto de silencio para el viernes al mediodía; y tantos pero tantos testigos presenciales entre los que destaca, por supuesto, como siempre, el argentino de rigueur que pasaba por ahí y que lo vio absolutamente todo y mejor que nadie.

Y todos están muy conectados y nadie sabe nada acerca de lo que todos opinan pero, eso sí, lo demuestran con pasmosa y poco creíble y nada convincente autoridad. Como cuando uno era chico y hacía todo lo posible para que no se notase que uno estaba –más vivo que nunca– muerto de miedo.

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