Viernes, 14 Julio 2017 00:00 Columnistas

Amor letal

Aminta Buenaño

Cuando Óscar conoció a Ruth sintió que ella era el amor de su vida. Era un amor intenso, apasionado, absoluto, con un solo inconveniente: ella tenía dos hijos. Y, además, una idea machacona que repetía como el zumbido de un moscardón: “Mis hijos son lo más importante en mi vida”. Óscar tragó saliva y estuvo dispuesto a cargar con ese fardo en aras de ese amor tan obsesivo que lo hizo dejar a su primera mujer, una abogada que le rogó hasta el último momento que no la abandonara, aunque antes hubiera pensado mil veces en separarse; y conseguir un empleo como asesor financiero en una empresa que vendía piezas de auto para casarse de inmediato con Ruth.

Los primeros años fueron tranquilos hasta que Óscar empezó a sentir que el amor que le daba su mujer era escaso y mal repartido. Discutían a menudo. Él, de vez en cuando, zurraba a los niños y aquello a la madre no le sentaba nada bien. Los chicos lloraban, la niña se quejaba con su madre de los insultos del padrastro; además, cuando Ruth no estaba en casa Óscar se paseaba desnudo por el salón. La madre estuvo dispuesta a echarlo de la casa y él casi se suicida de la impresión. Él amor de Óscar era total, no podía ni quería ser compartido.

Imaginaba un mundo sin niños en donde Ruth solo fuera de él, viviera por él y para él. Los dos unidos hasta la muerte, pero Ruth no comprendía ni quería comprender. Un día él salió temprano de su trabajo, fue directo a la casa porque tuvo una inspiración. Vio a los niños, solos, mirando televisión; cogió un cuchillo y los degolló. Ante sus gritos desgarradores apareció la nana y, para no dejar testigos, también la mató. Con frialdad recibió la condena de 30 años de cárcel, pero ha pagado solo 9 por su comportamiento ejemplar en la prisión y porque ante la jueza aseguró, con fervor obsesivo y abrazando devoto la Biblia, que ahora tenía un amor intenso, apasionado y absoluto por Dios.

Con este relato breve, inspirado en un suceso real, que reflexiona sobre hechos anómalos casi normalizados por el patriarcado; quiero saludar y adherirme desde mi condición de mujer, ciudadana y escritora a la gran Cruzada contra la Violencia hacia la mujer y la familia, convocada por el presidente Moreno. Esta es una lucha que hay que dar, día a día, hasta que se entienda plenamente, que los derechos humanos de las mujeres a la equidad, igualdad y justicia, a una vida libre de violencias y de discriminación, son derechos inalienables, impostergables, innegociables. No pueden quedar en letra muerta, tienen que ejercérselos día a día. Tiene que educarse a la población en las escuelas, en el hogar, desde los medios de comunicación; en conjunto la sociedad civil y el Estado. De allí la importancia del llamado del presidente Lenín Moreno y de las resoluciones de la Asamblea Nacional, para erradicar a este monstruo que mata impunemente a diario.

La violencia doméstica solo dejará de hundir sus terribles garras si cambian radicalmente las estructuras caducas de la familia; si se produce una auténtica revolución a nivel de las relaciones entre los sexos, si se revoluciona la vida cotidiana; si la democracia, reclamada en plazas y calles, comienza en casa, al interior del hogar, y si se hacen valer con prontitud, agilidad y firmeza todos los principios constitucionales y cuerpos legales que garantizan estos derechos. ¡Mano dura contra la violencia machista! (O)

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