Alias, gallinazo cantor. Humberto, tu palabra

- 31 de marzo de 2017 - 00:00

Cada 24 de mayo, como parte de un ritual impostergable, abro el libro Poesía nueva latinoamericana, antología de Manuel Ruano, y -frente al micrófono- leo uno de sus poemas: “Era el último día de esclavismo/ en tierras de Quito y primero/ de la misma mierda oh patria que en tu pecho rebosa/ y más que el sol contemplamos lucir/…”. Y sí, a muchos oyentes, en tan noble fecha cívica, un poema así escandalizaba y provocaba. Es el poema ‘Un gallinazo cantor bajo un sol de a perro’, de Humberto Vinueza.

Este poema es uno de los que sobrevivió a ese momento extremadamente político de aquellos reductores de cabeza -los tzántzicos- que en los años sesenta de modo irreverente provocaban a la entonces franciscana y pacata ciudad de Quito. Humberto era uno de ellos; junto a otros poetas que también partieron: Ulises Estrella,  Alfonso Murrigui, Rafael Larra, Marco Muñoz. Y otros que aún, en buena hora, viven: Raúl Arias, Simón Corral, Antonio Ordóñez y Euler Granda. A los que luego, en 1968, se sumaron Abdón Ubidia y Alejandro Moreano. Si bien con los años Humberto se fue volviendo reflexivo, siempre mantuvo esa actitud irreverente condimentada con una ironía y un humor ácidos. Tímido y silencioso al principio, pero magnífico y entretenido conversador cuando agarraba confianza.

Así lo conocí. Y así nos hicimos buenos amigos, sobre todo porque nos reunió la poesía.  Le habíamos propuesto -desde el grupo literario Eskéletra- publicarlo, pues conocíamos que tenía un nuevo libro. Humberto aceptó, pero si hacíamos un trabajo de taller con sus textos. Así lo hicimos y durante tres meses, cada semana nos juntábamos a leer y reeler su poesía. En julio de 1991 dio a luz el libro Alias lumbre de acertijo: “muerte espuela envenenada/ con gotitas de eternidad/”. Esas reuniones semanales se habían multiplicado, no solo porque su poesía nos había acercado, sino porque luego de esas sesiones de taller venían las largas conversaciones en torno a la política. Si bien ya no era orgánico -vaya palabrita- (era militante del Partido Comunista, se graduó de ingeniero agrícola en la Patricio Lumumba,  y fue candidato a la Vicepresidencia -en dupla con René Maugé- por el recordado Frente Amplio de Izquierda, FADI), nunca dejó de ser un hombre de izquierda.

Después nos volvimos a juntar en los Ministerios de Cultura y el Coordinador de Patrimonio, en los que siempre había tiempo para hablar de poesía y de política. Humberto nos ayudaba con los discursos y luego -con Yolanda León- era el equipo de ‘avanzada’ que viajaba a ‘territorio’ para conocer de primera mano las necesidades y demandas de los ciudadanos. Así nos reuníamos para comentar los nuevos libros, las lecturas recientes y, obviamente, para hablar mal del prójimo, que es en verdad un decir, porque con Humberto eso era imposible. Recuerdo que, en 2010, conversamos largo cuando el Consejo Nacional de Cultura publicó una edición facsimilar de la recordada revista Pucuna, que muchos jóvenes creían que era un mito urbano-literario. Fue cuando me contó en detalle las ‘travesuras’ de aquel grupo irreverente que se proponía lanzar “dardos envenenados contra el marasmo endémico y con una suerte de violencia verbal que descoyuntaba los parámetros del discurso burgués”. ¿Acaso no es esto, precisamente, lo que hace Rafael Correa?, le pregunté entonces. Y Humberto, con una suave mueca en sus labios, me dijo: “Sí, puede ser”.

La última vez que conversamos sobre su poesía, con pausa y detenidamente, fue en La noche boca arriba, el mismo programa de radio en el que, cada 24 de mayo, leo su poema ‘Un gallinazo cantor’. Esa noche, Humberto estaba alegre y orgulloso porque habían publicado en Italia una traducción de su poesía: ‘Verbo travesti, antología della voce e del silenzio’: “Tal vez esta sea la consigna eficaz:/ en apariencia no tener ninguna./ Y sí, en apariencia, Humberto no tenía ninguna. Era -es- un verso abierto. Y así lo recordamos y queremos. (O)

Lectura estimada:
Contiene: palabras
Visitas:
Enlace corto: