Miércoles, 09 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

Alba quiere decir amanecer

Lucrecia Maldonado

Alguna vez un amigo me dijo que la vida no es fácil para nadie. Porque siempre trae sus retos, sus dolores, sus incomprensibles momentos, sus situaciones límite, su irrenunciable drama. Y son esos vericuetos de la vida, por joven que sea, los que nos presenta la película Alba, de la guionista y directora ecuatoriana Ana Cristina Barragán.

Como he dicho en otras partes, no soy experta en nada. Odio la crítica de arte per se porque siento que con demasiada frecuencia es un ejercicio de esnobismo críptico (así, con ‘p’ intermedia) cuando no de prepotencia. Apenas soy alguien que en una tarde de feriado decide ir al cine, y se va. En realidad, no sabe a lo que va. Al escoger la película sí echa mano de comentarios o noticias, es verdad. También de lo que han dicho los conocidos, cosas así. Pero no sabe a lo que va, se embarca en la aventura casi a ciegas, con un resquicio de fe cada vez más sólida en el cine ecuatoriano.

De hecho, una entra a la sala bien provista de canguil, un hot-dog y la bebida menos azucarada disponible. Bromea con los acompañantes mientras transcurren los cortos publicitarios e incluso las primeras escenas. Pero luego, poco a poco, se va haciendo el silencio porque comienzan las identificaciones: la vida que siempre lleva sus secretos, el ‘nadie sabe lo de nadie’ enredándose en cada circunstancia, el mundillo del colegio, de cualquier colegio, en donde unos sentidos de pertenencia siempre cuestan más que otros. Esa amarga sensación de no encajar, de no encontrar la mirada que se convierta en el eco de nuestros dolores y de nuestras inseguridades. De no ser como al mundo le parece que se tendría que ser. Ese tener que mentirles a los otros la propia vida para poder seguir sin desarmarse a medio camino.

Y así, de escena en escena, con un creciente nudo en la garganta, vamos reviviendo constataciones, indignaciones, rabias y también esperanzas. Sabemos hacia dónde se dirige la historia, y sabemos que nos daremos un golpe al final, pero no importa. Nada importa, solo irse sintiendo cada vez más inmersos en esa cotidiana realidad que no pasa por la grandilocuencia de los conflictos existenciales adultos ni por la sórdida espectacularidad de la crónica roja.

Alguno de mis antiguos profesores de literatura dijo una vez que la poesía es pura sugerencia, y eso es Alba: el encanto de lo no dicho, el leve toque que sin embargo lacera e ilumina el corazón de quien la mira, la verdad última del amor más grande y puro alumbrando los desgarramientos de todas las pérdidas y de todos los miedos. Pocas palabras, muchas miradas. El delicado trabajo de relojería de una historia que se va construyendo a sí misma cuadro tras cuadro. El lento viaje del alma que llega con el amanecer a un buen puerto después de todas las tormentas, con la gratitud infinita de haber podido enfrentar algo mucho más grande que la aparentemente sencilla historia de los dolores de crecimiento, tan sublime al final, que solamente puede resolverse en lágrimas. (O)

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