Jueves, 06 Abril 2017 00:00 Columnistas

Aceptar los resultados electorales

Antonio Quezada Pavón

Antes de la elección del 8 de noviembre de 2016 en Estados Unidos, Donald Trump fue penalizado por sus oponentes demócratas por decir que: “totalmente aceptaría los resultados de esta gran e histórica elección presidencial… si él la ganaba”. Esto  parecía  realmente un enunciado brutal que amenazaba generar una duda sin precedentes sobre la legitimidad del proceso electoral en ese país.

Y es que sin fundamentos, rehusarse a aceptar los resultados electorales pone en riesgo la democracia. Si se supone que un proceso electoral está ‘arreglado’ entonces por qué participar en él, cuando hay mecanismos democráticos que permiten denunciar en forma validada esta situación. En el Ecuador de la nueva democracia desde el 10 de agosto de 1979, ha habido muy pocas transiciones de poder pacíficas,  estableciendo una diferencia entre el imperio de la ley o la imposición de la ley del más fuerte y definitivamente, el más fuerte no era el que estaba en el poder en ese momento.

El pasado domingo 2 de abril el candidato de la oposición declaraba por el resultado de su deleznable pronóstico exit poll, que había ganado sobre la base del voto popular. Nada más alejado de la realidad. No se dieron cuenta o simplemente lo ignoraron, que su fortaleza electoral venía únicamente de la clase media, clase media alta y clase alta de las grandes ciudades de la Sierra, de las permanentemente descontentas provincias de la Amazonía y la muy explicable posición de los colonos del archipiélago de Galápagos que sienten que perdieron ciertas prebendas. Y es evidente que esto pudo afectar la muestra con la cual Cedatos manipuló la encuesta y obtuvo sus resultados tan disparatados.

Pero la base de la Revolución Ciudadana ha sido y sigue siendo la clase media baja, los pobres de las zonas periféricas urbanas, y los campesinos de las zonas rurales, que sí ven resultados tangibles y no simple verborrea electoral.  Y resulta que este pueble es más numeroso.

Nunca he estado tan nervioso en una segunda vuelta electoral como este domingo. Sabía que, pese a lo que decían todas las encuestadoras, en las urnas los márgenes se achican; y en Ecuador, como en otras partes del mundo, Perú y Argentina por ejemplo, la diferencia fue de alrededor del 2% entre los finalistas al balotaje.  Y con ese tan estrecho margen, no hay algoritmo matemático que funcione adecuadamente para un sano pronóstico. Peor si hay presión económica y ética sobre el encuestador.

Consecuentemente, es insensato rechazar un claro resultado electoral porque difiere de una encuesta. Y es inmoral desacreditar un excelente proceso electoral, acusándolo de fraude, con base en muy pocas discrepancias, producto de errores humanos. Y es un crimen incitar al pueblo a la violencia.

En la primera vuelta, a Lenín Moreno le faltaron escasos 0,64% para completar el 40% para ganar de una vez, pues era muy grande la distancia con el candidato Lasso. Pudo y eventualmente debió impugnar ciertas inconsistencias que le hubieran permitido remontar esa insignificante diferencia, sin embargo, honrando el proceso democrático, acató el dictamen del CNE y aceptó disciplinadamente participar en la segunda vuelta electoral.

Debe ser doloroso para Lasso perder consecutivamente varias elecciones, lo cual le debe llevar a analizar su estrategia, pues es notorio que su movimiento político es realmente una empresa electoral y eso no tiene raigambre popular. (O)

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