A veces ganan los buenos

- 17 de febrero de 2017 - 00:00

“Papá, ¿por qué nunca ganan los buenos?”, preguntaba mi hijo de por entonces 10 años. Veía él con angustia, mi propia angustia: la de una nueva derrota de lo popular en manos de amanuenses del capital, de políticos puestos solo a enriquecerse, de políticos-empresarios o amigos directos de los grandes empresarios.

Qué decir a la inocencia de un niño de esa edad, que advertía una vez más mi amargura frente al televisor que decretaba, despótico e irrebatible, que los gobiernos seguirían siendo ‘los de siempre’. Como de costumbre, tal cual cantaba Alberto Cortez.

Y así ha sido en casi todos nuestros países hasta los años noventa. Pero en los albores de este siglo XXI se produjo el milagro: en varios de estos países latinoamericanos ganaron los buenos. Unos buenos que la historia no tenía previstos, que irrumpieron de golpe y sin libreto, que mejoraron concienzudamente las condiciones de vida de las poblaciones de sus respectivos países; en particular las de los más pobres, acercándoles acceso a salud, vivienda, transporte, educación.

Son gobiernos que ganaron prestigio por sus fuertes logros sociales, pero que fueron escarnecidos y atacados desde la prensa y la televisión, que en no pocos casos han logrado desacreditarlos ante algunos estamentos de la sociedad.

Por supuesto, hay quienes piensan de otro modo y entienden que los buenos son los otros. Es una posición un poco más cómoda: tienen mucho viento a favor. Medios de difusión, dineros, bancos.

Muchos, en Argentina, creyeron que los buenos estaban en el gobierno de Macri. Hoy el presidente suma ya 5 imputaciones judiciales, y en estos días se lee por todo el mundo el escándalo con el arreglo entre el Gobierno y la empresa del padre de Macri -de la cual el presidente argentino fue socio-, que conlleva pérdidas millonarias para el Estado argentino, según ha mostrado la fiscal del caso.

Los malos -como en algunos viejos filmes de vaqueros- muestran finalmente su linaje. Antes de eso, algunos pueden creer ingenuamente que son ellos los que representan el cambio necesario: pocos pueden prever que luego vendrán el hambre, los ‘tarifazos’, la desaprensión. Y también la llegada de corrupción que se asocia a los grandes negocios internacionales.

La anécdota ha ocurrido en Argentina; pero, ciertamente, puede pensarse también desde otras diversas latitudes. (O)