Jueves, 23 Febrero 2017 00:00 Columnistas

A la memoria de un cristiano ejemplar

Ketty RomoLeroux G.

Con una posición auténticamente cristiana, se identificó plenamente con los pobres. Con los principios del cristianismo primitivo, cuando era la religión de los esclavos y desposeídos. Hoy, la Teología de la Liberación. Monseñor Luis Alberto Luna Tobar nació en Quito, el 15 de diciembre de 1923.

Sus padres fueron el Dr. Moisés Luna Andrade, abogado prominente, dirigente del partido conservador, y Ana María Tobar Donoso. Ambos de alta posición social económica. Realizó sus primeros estudios en el pensionado Pedro Pablo Borja, y en 1936 cursó el primer año de secundaria en el colegio San Gabriel de los padres jesuitas. Durante las vacaciones realizó una excursión a la Misión Carmelita de Sucumbíos, en donde se sintió atraído por esa vida de servicio.

En 1938 fue a realizar sus estudios religiosos a España. El 3 de agosto de 1939 fue el primer ecuatoriano que tomó el hábito de la Orden de los Carmelitas Descalzos, en Burgos de Osma. Y al año siguiente optó su profesión religiosa. Desde 1940 al 46, estudió paralelamente el bachillerato español y los cursos de Filosofía y Teología, licenciándose en ambas ramas. El 25 de julio de 1946, a los veinte y dos años y medio, fue ordenado sacerdote y enseguida enviado a Quito. El 23 de noviembre realizó su primera misa en la iglesia de Santa Teresita. En donde laboró incansablemente, como párroco durante 22 años, convirtiéndose en el sacerdote más querido y solicitado.

En 1948 fue designado por el ministro de Gobierno, Dr. Juan Tanca Marengo, secretario de la Junta Orientalista Nacional y representante en ella de todas las misiones católicas. Desde 1954 se inicia como catedrático en la Universidad Católica de Ecuador.

El 11 de octubre de 1962 se inauguró en la Basílica de San Pablo en Roma, el Concilio Vaticano II, bajo la dirección del papa Juan XXIII. El cual impidió que la Iglesia se quedara rezagada, dando origen a la Teología de la Liberación, corriente de pensamiento que rescató los principios del cristianismo primitivo. Monseñor Luna se adhirió a él y fue un entusiasta ejecutor de sus resoluciones. En 1977 fue designado Obispo Auxiliar del cardenal Pablo Muñoz Vega, arzobispo de Quito. En 1981, promovido al Arzobispado de Cuenca, cargo que aceptó, no de buena gana, porque sabía que le esperaban graves problemas que resolver, en una zona con una población campesina empobrecida y atrasada, a la que había que ayudar y proteger. Hacia ella dirigió su atención. Hacia la formación de las comunidades de base.

Articulista de varios periódicos y revistas, combatió con su pluma los actos de corrupción de un sector de la Iglesia católica. Como cuando esta se constituyó en una de las mayores tenedoras de los bonos Brady en el gobierno corrupto de Jamil Mahuad, lo que le reportó grandes ganancias (agosto 1998 - 2000). Recordemos, de paso, que fue en ese gobierno en el que el poderoso movimiento indígena, agrupado en la Conaie, hace su aparición, encabezando las quejas contra este gobierno. Monseñor Luna se convirtió en el máximo dirigente en las protestas.

Colaboró principalmente en el diario Hoy de Quito y en El Mercurio de Cuenca. En 1998, al cumplir 78 años, presentó su renuncia al Arzobispado. El Papa no se atrevía a reemplazarlo, dada su gran popularidad. Pero los grupos reaccionarios del país presionaron, y el 14 de febrero, el Papa designó a monseñor Vicente Cisneros, obispo de Ambato, en su reemplazo.  

Monseñor Luna había gobernado 19 años.

Cuando las generaciones futuras recuerden sus obras, dirán que fue un auténtico creyente. Que abandonó los privilegios de su clase. Y se incorporó al servicio de los ‘pobres de la Tierra’.

Muchos de sus anhelos se habrán cumplido. (O)

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