Viernes, 30 Septiembre 2016 00:00 Columnistas

30-S 2010 o el día en que se derrotó a los golpistas

Pablo Salgado Jácome

Aquella mañana de 2010 -un 30 de septiembre- salí de casa como cualquier día. Era temprano y recibí la llamada de un amigo director de teatro: -Pablo, los policías se han tomado el cuartel. –Sí, el Presidente Correa ya está en camino y arreglará el motín. –No, es un golpe de Estado, loco. Y llegué a la oficina. Y vimos las imágenes que todos recordamos. El Presidente, en la ventana,  gritando y dando el pecho. Luego, el Presidente con su muleta y con una máscara antigás en la cabeza, siendo agredido por los policías que se habían levantado.  

Y vimos las imágenes del saqueo en Guayaquil y los pronunciamientos desde distintos destacamentos y las voces -desde los micrófonos de los medios- que empezaban no a informar sino a azuzar a la población. Y con los compañeros de oficina discutimos si era necesario o no que se establezca una cadena nacional, sin saber aún la verdadera dimensión del levantamiento. Recuerdo que después de un par de días, Gabriela -compañera de oficina- me dijo: “En verdad, si no se hubiera decretado la cadena para la información, las consecuencias hubieran sido diferentes”. Y entendimos con claridad que los medios privados se volvieron actores políticos.

Luego, centenares de personas caminando hasta la avenida Mariana de Jesús portando banderas de Ecuador. Jamás imaginamos la respuesta de los policías -hombres y mujeres- que empezaron a agredir salvajemente a los ciudadanos que llegaban con las manos en alto. Nunca imaginé ver tanta rabia y odio en los ojos de los policías que -enmascarados- cargaban violentamente, incluso con motocicletas, contra la población civil. Nunca imaginé tanta saña en los policías que con puñetes, patadas, toletes, gases lacrimógenos y armas agredían a ciudadanos y periodistas.  

Conmovía -y conmueve- hasta lo más profundo, la valentía de jóvenes, de padres de familia, de oficinistas y amas de casa que llegaban desarmados con la sola convicción de que había que defender la democracia, que había que rescatar al Presidente y que no permitirán un nuevo golpe de Estado.

A María Fernanda Espinosa -entonces, Ministra Coordinadora de Patrimonio y responsable de la comisión de relaciones internacionales de AP-  aquel intento de golpe la pilló en España. Me pidió que la apoyara en varias tareas, ya que de inmediato se puso a contactar con un gran número de organismos, partidos, movimientos internacionales y personalidades del mundo, quienes empezaron a realizar pronunciamientos de rechazo al intento de golpe y de respaldo al gobierno del presidente Correa.   

Al terminar la tarde acudimos al Palacio de Gobierno, en donde se vivía un clima de incertidumbre y tensión. La Vicepresidencia repartió unas chompas. Y ahí vimos -por la pantalla de televisión- cómo caía abatido el policía Jiménez. Fue impresionante y doloroso.

Y después, nos volvimos a conmover cuando llegó a salvo el Presidente, a pesar de todo lo sucedido estaba altivo y firme. Sacó del bolsillo de su chaqueta unos enormes casquillos y dijo: “Las balas con que intentaron asesinarme”. Y fue estremecedor. Las entregó a su secretario particular. Y luego de comer algo breve, salió al balcón presidencial. Y sonó el Himno Nacional. Nunca fue tan emotivo cantarlo y escucharlo. Imposible no conmoverse hasta las lágrimas, más aún cuando teníamos entonces -y tenemos-  la firme convicción de que aquel día había triunfado la democracia; y que la valentía y la rebeldía del pueblo de Quito -y el país- habían derrotado a los golpistas. (O)

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