Lunes, 11 Septiembre 2017 00:00 Columnistas

11-S: El odio a la izquierda

Juan J. Paz y Miño C.

Concluida la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y hasta el fin de la perestroika que terminó con la URSS (1990/1991) y derrumbó al socialismo en Europa del Este, la humanidad vivió la “guerra fría”, la diplomacia más nefasta en la historia contemporánea, que dividió a “buenos” (el capitalismo) y “malos” (el comunismo), con EE.UU. defendiendo a occidente y la URSS a su campo.

La guerra fría condujo a las mayores violaciones de la soberanía de los países y de los pueblos. En América Latina se instaló a raíz de la Revolución Cubana (1959), cuando el continente fue alineado a la defensa de los intereses geopolíticos de los EE.UU. Las intervenciones directas, las acciones de la CIA o la desestabilización y el derrocamiento de gobiernos supuestamente “comunistas” pasaron a ser normales en la vida política. Y el principal instrumento de esa lucha anticomunista fueron las fuerzas armadas latinoamericanas, muy penetradas por los EE.UU. desde la suscripción del TIAR (1947).

Desde la década de 1960 en América Latina hubo distintos golpes de Estado. En Ecuador, la Junta Militar (1963-1966) nació de las acciones de la CIA, lo cual quedó esclarecido por el libro del exagente Philip Agee (1975). Paradójicamente, esa Junta fue tildada de “comunista” por las atrasadas cúpulas empresariales y terratenientes ecuatorianas, que eran incapaces de comprender el “desarrollismo” que la Junta ejecutó con apego al programa Alianza para el Progreso, impulsado por el presidente J.F. Kennedy (1961-1963). Ese modelo fortaleció al Estado regulador, inversionista y planificador de la economía, orientado a la consolidación del capitalismo en Ecuador, superando el viejo sistema hacienda y el dominio oligárquico, un camino inaugurado mucho antes por la Revolución Juliana (1925-1931).

El odio al marxismo y, en general, a toda izquierda, se cultivó con un refinamiento ideológico y político inédito, porque literalmente la lucha contra el “comunismo”, o lo que se creía que era, fue un verdadero lavado de cerebros. Gobiernos como el de Stroessner en Paraguay, el de los Somoza en Nicaragua o el de los militares brasileños (1964-1985), no tuvieron empacho alguno en torturar, matar o desaparecer a miles de “comunistas”.

El 11 de septiembre de 1973, se instaló en Chile la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) que elevó el anticomunismo a niveles sangrientos, con violación brutal de derechos contra toda izquierda, un “modelo” sostenido por la burguesía chilena y reproducido en el cono sur latinoamericano por militares que consolidaron Estados terroristas.

Si bien esas oscuras épocas parecen haber sido superadas, el odio a toda izquierda continuó en aquellas élites incapaces de entender el desarrollo social basado en la redistribución de la riqueza, el papel rector del Estado, la ampliación de derechos laborales y sociales o los altos impuestos sobre los ricos. Los gobiernos del ciclo progresista latinoamericano igualmente fueron tildados de “comunistas”, un término inservible para las circunstancias actuales, pero que todavía alimenta el trasfondo del odio histórico a toda izquierda. (O)

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