Martes, 01 Noviembre 2016 00:00 Buen Vivir

La innovación, una fuerza cósmica

Somos expresión de un cosmos que se engendró a sí mismo; de un universo fértil, creativo e innovador.
Somos expresión de un cosmos que se engendró a sí mismo; de un universo fértil, creativo e innovador. Foto: cortesía de Pixabay

La concepción científica actual del cosmos nos dice que desde el inicio de nuestro universo ha existido una gran constante: el cambio.

Redacción Actualidad

Desde los primeros momentos posteriores a la gran explosión o ‘Big Bang’ -que deviene en la creación del cosmos-, al comenzar a bajar la temperatura del universo, las partículas subatómicas se fusionaron generando la formación de estructuras mayores y surgieron los primeros átomos. De esta forma inició la existencia y evolución del reino mineral. A partir de ese punto el universo ha continuado transformándose, organizándose en formas cada vez más complejas, diversas y ricas en términos estructurales y funcionales. Surgieron las galaxias, las estrellas y todos los cuerpos celestes. Posteriormente -y gracias a este proceso de transformación-, se dieron las condiciones precisas en este planeta para que nazcan las primeras células, que son la base de toda forma de vida conocida. Estas células primigenias evolucionaron con el tiempo en células nucleadas, dando lugar a la reproducción sexual y, con ello, al surgimiento de la diversidad de la vida. Las células que se adaptaron para nutrirse del proceso de fotosíntesis posteriormente evolucionarían en todas las especies del reino vegetal, y otras células que se nutrieron a través de la respiración evolucionarían generando todo el reino animal.

Al observar este proceso cósmico, se podría decir -en términos metafóricos- que la naturaleza es la gran innovadora, la primera fuente de innovación. Si consideramos el pensamiento del astrónomo Carl Sagan, que afirma que “nosotros somos la encarnación local del Cosmos, que ha crecido hasta tener conciencia de sí”, se podría decir que la innovación está en la esencia misma de lo que nos constituye, dado que somos expresión de un cosmos que se engendró a sí mismo; de un universo fértil, esencialmente creativo e innovador.

De esta manera, desde los primeros pasos del hombre sobre la Tierra, nuestra especie se erige como la gestora fundamental de las innovaciones, como aquella capaz de emular conscientemente los procesos creativos del universo.

El impulso primitivo de supervivencia -que en nuestros ancestros evolutivos se traduce en las respuestas básicas de aproximarse a los elementos que necesita (nutrientes) y alejarse de aquellos elementos o condiciones que amenazan su integridad sistémica (como elementos químicos tóxicos o temperaturas extremas)-, en el ser humano cobra niveles de complejidad insospechados, culminando en la construcción de todo el conocimiento teórico y técnico del que gozamos hoy, y de la creación de toda tecnología pasada o presente. Es precisamente este impulso originario, que motiva a los seres vivientes a buscar su bienestar, el que en el ser humano se convierte en el motor volitivo de todo proceso creativo y de cada innovación de la cual ha sido artífice.

Comúnmente se asocia la idea de innovación únicamente a la tecnología, sin embargo, es un concepto aplicable a toda esfera del conocimiento y la praxis humana; desde la construcción de modelos teóricos que interpretan la realidad -que se constituyen en las creencias compartidas que marca las diversas cosmovisiones de los pueblos a lo largo de su historia-, pasando por toda forma de expresión artística -como la pintura, la música, el cine, la danza, el teatro o la literatura-, hasta abarcar cada técnica, procedimiento, metodología y sistema de organización y ejecución.

Hemos recorrido un largo trecho, desde la construcción de los primeros sistemas de creencias y de organización social; y de la creación de las primeras innovaciones técnicas y tecnológicas que revolucionaron la forma de vida del hombre primitivo, hasta nuestros días.

El ser humano, dotado de un espíritu curioso y creativo y, motivado por el afán de alcanzar el mayor grado de conocimiento y realización que le sea posible, creó métodos y técnicas para cultivar la tierra y de ese modo surgió la agricultura, que transformó por completo y para siempre la forma de vida de las personas; inventó los acueductos en la época del Imperio romano, permitiendo de ese modo la construcción de asentamientos distantes a las fuentes naturales de agua; hace unos dos mil años, planteó nuevos conceptos religiosos centrados en el amor y la compasión, bajo los cuales ninguna persona es superior a otra, y de ese modo surgieron el budismo y el cristianismo; e ideó nuevas formas de organización política en la Francia de finales del siglo XVIII, lo que devino en la creación de la democracia y los Estados modernos. Los mencionados, son solo unos pocos ejemplos dentro de una lista de innumerables innovaciones que la humanidad ha gestado.   

Cabría destacar que los procesos históricos de innovación están interrelacionados, los avances en un ámbito desencadenan efectos transformadores en otros: nuevos modelos teóricos dan pie a nuevas tecnologías, como sucedió con la teoría de la relatividad de Einstein y la bomba atómica; a su vez, esa nueva tecnología marcó el curso de la historia, determinando las relaciones de poder a nivel mundial. La imprenta fue instrumento de la Ilustración, y la invención de la fotografía cambió el rumbo de la historia de la pintura.  

A partir de la Revolución Industrial, las innovaciones tecnológicas -que permitieron la generación y utilizar una cantidad de energía sin precedentes- causaron un enorme crecimiento económico a nivel mundial. Sin embargo, de la mano de este se ha producido un enorme desequilibrio medioambiental y, a pesar del crecimiento, no ha cesado la inequidad ni la pobreza. El enorme poder que ha alcanzado la humanidad para modificar su medio ambiente contrasta con el nivel de inmadurez e irresponsabilidad respecto a su accionar.

En esta vorágine de cambios en la que vivimos actualmente, cabe reflexionar sobre la necesidad de innovar en la forma en que nos vemos a nosotros mismos respecto a los demás y al medio ambiente; renovar la valoración que le damos a la vida, para que nuestro actuar sea más ético; transformar el modo en que nos relacionamos con nuestros semejantes y con el medio ambiente, para alcanzar un estilo de vida más armónico y consecuente; e innovar la manera que gestionamos nuestros pensamientos y emociones, para crear una vida más feliz, que es finalmente el propósito que motiva todos nuestros esfuerzos. (I)

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